Tembló Rusia, y en Chorrillos ya estaban llenando bidones de agua, comprando papel higiénico, inflando flotadores de unicornio, cerrando la Costa Verde y el Country Club de Villa como si tuviéramos cuentas pendientes con Putin.
Porque aquí, cualquier noticia no rebota como eco histórico, sino como eco histérico.
Somos alarmistas en potencia.
Y así fue: el tsunami nunca llegó.
El verdadero fenómeno sísmico fue mediático.
Y, como siempre, de intensidad grado 10, pero no en la escala de Richter, sino en la escala del rating.
El mar siguió igual de calmo.
La Costa Verde, igual de rota.
Y nosotros, igual de confundidos.
No está mal estar prevenidos.
Pero una cosa es precaución, y otra, dejarse arrastrar por una ola que solo existe en los medios, en los titulares, en las redes y no en el mar.
Porque esta vez el epicentro fue en Rusia, pero la falla está aquí.
Y no es geológica.
Es sistemática.
Porque lo que más tiembla en este país no es el suelo, es la confianza.
Y esa grieta no es física.
Esa grieta no se ve, pero se siente.
Esa grieta no parte la tierra.
Parte la poca seguridad que nos queda.
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