Un gol inesperado.

En mi casa pertenezco a una especie en extinción.

No es una metáfora. Es un hecho estadístico.

Vivo con mi esposa, mis dos hijas, dos perras, una gata… hasta la persona que trabaja con nosotros es mujer.

Soy el único ejemplar masculino de la casa.

Cada vez que hay que elegir un destino de viaje, una película o qué pedir de comer, la democracia funciona… siempre que yo entienda que democracia significa perder tres votos contra uno.

Y, aun así, no la cambiaría por nada.

Hay muchas cosas que no compartimos. Pero si hay un territorio donde vivimos en planetas distintos, ese es el fútbol.

Yo soy hincha acérrimo de Universitario. Ellas pueden escuchar que la “U” salió campeón o que empezó el Mundial… y seguir con su vida exactamente igual. Cuando juega Perú hacen un pequeño esfuerzo patriótico, pero hasta ahí nomás.

Por eso, el día que mi hija me llamó y me dijo:

—Papá… juega la “U” en el Monumental.

—Sí, hijita.

—¿Tendrás entradas, papi?

Casi se me salen las lágrimas.

¡Por fin! Después de tantos años, mi hija quería ir conmigo al estadio. Iba a vivir esa experiencia que siempre soñé compartir con ella.

Llamé inmediatamente a mi amigo Carlos de la Flor, que siempre tiene la generosidad de invitarme a su palco.

—Carlos, necesito un favor. Esta vez quiero llevar a mi hija.

Su respuesta fue inmediata.

—Claro, Christian. Cuenta con ella.

La emoción era compartida.

La llamé.

—Hijita, ya está. Tenemos las entradas.

—¡Gracias, papá!… ¿Y para Brian?

Silencio.

—¿Brian?

—Sí, mi enamorado.

En ese instante entendí que la historia no era sobre el fútbol.

Era sobre que mi hija tenía enamorado… y yo me estaba enterando por unas entradas al estadio.

Respiré hondo.

—¿Y Brian es hincha de algún equipo?

—De la “U”, papá.

Bueno… al menos había empezado ganando.

Fuimos los tres al Monumental.

Conocí a Brian.

La “U” ganó.

Y yo también.

Porque descubrí que, aunque mi hija sigue sin entender por qué un gol puede cambiarte el humor de toda una semana, encontró a alguien que sí lo entiende.

Yo pensé que estaba cumpliendo el sueño de un padre.

En realidad, terminé siendo el auspiciador oficial de una historia de amor.

Y cuando vi la sonrisa de mi hija al final del partido, entendí que el resultado más importante no estaba en el marcador. Porque hay victorias que no se juegan en una cancha; se juegan en el corazón de una hija.


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