Yo estuve ahí.
No como narrador omnisciente ni como personaje secundario.
Estuve ahí, en carne, hueso y uniforme escolar, cuando Pedro Salinas llegó por primera vez al colegio María Reina en cuarto de media.
Y no, no fue como lo cuenta en su libro Mateo 10, su biblia autobiográfica.
Cuenta que llegó, que se topó con un grupo hablando de una pelea y que, muy valientemente, intervino.
Pura ficción.
La verdad: yo lo protegí. Fui el que intervino para que no le sacaran la mierda. Ya que había estado en el bando contrario de una pelea protagonizada por uno de nuestros compañeros del colegio.
Y así empezó nuestra amistad.
Pedro era el chico de los ojos siempre entrecerrados, como si estuviera en un trance eterno. Por eso le puse la chapa de Mr. Magoo.
Ojos que, en realidad, estaban al acecho, como los de un felino en plena selva urbana, identificando presas, observando debilidades, husmeando almas frágiles.
Tenía la pinta de un actor italiano de los 70. Las chicas suspiraban por él como si fuera un pecado necesario, pero él parecía inmune.
Solo tenía ojos para Dios. Soñaba con ser cura, y todo lo demás le parecía un ruido menor.
Pedro no solo se sentía especial: se creía un enviado de Dios.
Un soldado de Cristo.
Y como todo buen misionero en celo espiritual, comenzó a reclutar gente para una organización:
el Sodalitium Christianae Vitae.
Sí, con ese nombre.
Sonaba a grupo político subversivo, pero era una célula religiosa que operaba bajo la lógica del rosario, la culpa y el lavado de conciencia.
Pedro iba por los populares, los líderes, los emocionalmente rotos, los que tenían hambre de sentido.
Los reclutaba y metía en retiros, los llevaba a iglesias, los hacía rezar y confesar pecados inventados y llorar por cosas que ni Freud podría haber explicado.
A mí me arrastró a rezar el rosario.
Yo, que no era el más creyente, terminé en una iglesia contando Ave Marías como si me fueran a dar puntos bonus para salvarme.
Nos hicieron sentir una mierda. Y ahí es donde la historia da un giro inesperado
Porque Pedro, hoy, denuncia del abuso.
Es el azote de los curas, el justiciero de las víctimas.
Y eso está bien. Es necesario. Lo aplaudo.
Recién ahora entiendo cómo el mismo Pedro que nos metía a esos retiros, que nos empujaba a llorar frente a un crucifijo, que nos vendía la redención como un paquete prepagado de culpa y obediencia…
ahora combate justamente ese sistema.
No lo hacía con malicia, lo sé. Pero sí con fanatismo.
Y el fanatismo, venga del color que venga, es peligroso.
Después —felizmente— me alejé. No era lo mío. Pero Pedro siguió.
Seguía solo, con una cruz invisible al hombro, convencido de que salvar almas era su misión.
Hasta que lo perdí de vista. Por un tiempo.
Años después me enteré de lo que hacía:
el soldado se había vuelto desertor.
El misionero, periodista.
El que antes reclutaba, ahora denunciaba a los que reclutaban.
Y lo admiro por eso.
Porque enfrentó monstruos reales, no imaginarios.
Porque usó su voz para decir verdades que muchos callaron.
Y porque lo hizo con principios. Cambió de bando, sí. Pero no por conveniencia, sino por conciencia.
Lo vi entregarse con la misma pasión con la que antes creía.
Lo vi arriesgar su nombre, su paz, su estabilidad.
Y lo vi sufrir. Mucho.
No solo emocionalmente, sino también económicamente.
Perdió oportunidades, fue señalado, se quedó sin red de apoyo.
Y a pesar de todo eso, siguió. Libro tras libro.
Por eso digo que Pedro Salinas es una persona admirable.
Un soldado, ya no de Cristo. Un soldado que cualquier general querría tener en sus filas.
Hoy lo veo cerca del nuevo Papa, reconciliado con una fe reformada.
Volvió -por lo menos- a simpatizar con Cristo.
Después de haber sido su soldado… y luego su enemigo.
Y acá estoy yo, que estuve ahí desde el comienzo, diciéndolo con claridad:
Nuestra amistad no tiene tiempo, ni religión, ni credo.
Somos amigos de toda la vida.
Y lo admiro.
Lo admiro porque se atrevió a cambiar.
Lo admiro porque pagó el precio.
Y, sobre todo, lo admiro porque aún puede hacerlo todo de nuevo, si quiere.
Dice que no escribirá más sobre el Sodalicio.
Estoy seguro que cumplirá su palabra.
Y que su próxima historia será sobre la vida que ha decidido comenzar.
Y que sea feliz.
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