Hace unos días me encontré con una de mis primeras alumnas del IPP.
Una alumna que tuve hace muchísimos años y que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en amiga. Porque, aparentemente, los años tienen esa extraña costumbre de convertir a tus alumnos en testigos de tu vida.
Ella veranea en San Bartolo, como yo. Nos encontramos, conversamos, nos reímos de cualquier cosa y, en algún momento, me dice:
—Tú eres el único profesor que yo he alucinado.
Yo, naturalmente, hice lo que hace cualquier hombre de mi edad cuando una mujer le dice algo así: me quedé callado para que siguiera hablando.
—Eras el único profesor que nos ponía vídeos de Pink Floyd en clase.
Y ahí entendí que, después de tantos años enseñando creatividad, aparentemente, uno puede terminar siendo recordado simplemente como el profesor que ponía Pink Floyd.
No está mal.
Podría haber sido peor.
Yo ponía videos de Pink Floyd para hacer más interesante mi clase de guiones audiovisuales.
Y había uno que me parecía digno de compartir:
On the Run.
El escenario tenía una enorme pantalla circular suspendida sobre los músicos. Y no era una pantalla cualquiera: la imagen se proyectaba desde atrás.
Una retroproyección.
La luz y las imágenes atravesaban la pantalla desde el otro lado, de manera que aquella enorme superficie circular podía convertirse en una especie de planeta, una ventana, un cine flotando sobre el escenario.
Y entonces iniciaba On the Run.
La canción comienza con un ritmo que va in crescendo. Y mientras la música te va metiendo en la historia, aparece un paciente en una clínica, acostado en una camilla.
Hasta ahí, todo parece relativamente normal.
Pero la camilla empieza a moverse.
Sale de la habitación.
Recorre los pasillos del hospital.
Sale del hospital.
Llega a una pista de aterrizaje.
Y despega.
La camilla vuela.
Y ahí es donde Pink Floyd te saca de cuadro.
Porque cuando uno cree que todo está ocurriendo dentro del video, la camilla aparece volando sobre el público del concierto.
Ya no estás viendo una película.
La película acaba de entrar en la realidad.
La camilla sigue volando, da una vuelta y finalmente se estrella contra el escenario.
Explosión.
Fuego.
Y de ese choque comienza The Great Gig in the Sky. Otra canción lenta.
Cuando vi ese vídeo por primera vez, pensé: acabo de encontrar la manera de comenzar mi clase de guiones audiovisuales.
No solamente porque había una historia, sino porque había movimientos de cámara, cortes, primeros planos, paneos, cámara subjetiva, música, ritmo, montaje, efectos y, sobre todo, sorpresa.
Y también porque había algo que para mí siempre ha sido fundamental en creatividad:
sacar al espectador de cuadro.
Cuando crees que sabes hacia dónde va una historia, llevarla hacia otro lugar.
Cuando crees que estás viendo un video, hacer que el video salga de la pantalla.
Cuando esperas que una cama de hospital siga siendo una cama de hospital, hacerla despegar.
Literalmente.
Eso era lo que yo quería que mis alumnos entendieran antes de comenzar a escribir un guión: que una historia audiovisual no está hecha solamente de palabras.
Está hecha de imágenes, planos, movimientos de cámara, cortes, encadenados, disolvencias, música, silencios, ritmo…
Y de algo todavía más importante:
la capacidad de sorprender.
Por eso Pink Floyd siempre me fascinó.
Porque tenía una manera de decir lo de siempre como nunca.
Hablar del tiempo, de la vida, de la muerte, de la locura, de la soledad…
pero hacerlo de una manera que parecía venir de otro planeta.
Y eso, para mí, es creatividad.
No necesariamente inventar algo que jamás existió.
A veces basta con tomar algo que todos conocemos y mirarlo desde un lugar donde nadie se había parado.
Como hacen los surrealistas.
El mundo es el mismo.
Lo que cambia es la ventana.
Una silla es una silla.
Hasta que alguien decide ponerla en el techo.
Entonces sigue siendo una silla, pero ahora nos obliga a pensar.
Y ahí empieza la creatividad.
Quizá por eso aquella alumna no recuerda exactamente lo que dije en aquellas clases.
Recuerda Pink Floyd.
Recuerda las imágenes.
Recuerda aquella experiencia.
Y muchos años después, en San Bartolo, me dice:
—Tú eras el profesor que ponía Pink Floyd.
Entonces pienso que, quizás, aquella clase sí funcionó.
Porque enseñar creatividad no consiste necesariamente en conseguir que alguien recuerde lo que dijiste.
Consiste en conseguir que, muchos años después, alguien vea algo extraño, algo diferente, algo que rompe la lógica…
y piense:
“Esto me recuerda a aquel profesor.”
Yo siempre he preferido el caos.
Sobre todo cuando una cama de hospital puede despegar, volar sobre el público y estrellarse contra el escenario.
Eso sí fue una buena manera de comenzar una clase.
Les dejo el vídeo.
https://youtu.be/mFbI92I09CI?si=eHxZk_FAykLgVhG6
Quizá ahora entiendan por qué aquella alumna todavía lo recuerda.

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