Mi primer día de clases.

Cada 6 de julio el Perú celebra el Día del Maestro.

Yo, además, celebro otra fecha: el día en que descubrí que enseñar también significa aprender.

Era mi primer día como profesor en el Instituto Peruano de Publicidad, el mismo lugar donde años atrás me había formado como publicista. 

Mi alma mater volvía a abrirme sus puertas, pero esta vez no para sentarme en un salón de clases, sino para darme el inmenso honor de enseñar el curso de Creatividad Publicitaria.

Había preparado la clase durante días. 

Tenía apuntes, ejemplos, ejercicios y también ese miedo que solo conoce quien está a punto de enfrentarse, por primera vez, a un salón con veintitantos talentos en estado salvaje.

Entré.

El salón era un chongazo. 

Unos conversaban, otros se reían, algunos iban de carpeta en carpeta y nadie parecía reparar en que el profesor ya había llegado. 

Literalmente no existía para ellos.

Entonces recordé una vieja estrategia de uno de mis profesores del Colegio María Reina, Armando Mena, quien, para llamar la atención de la clase, tomaba lista casi en silencio.

Decidí hacer lo mismo.

—Gonzales…

Silencio.

—Jiménez…

Otro silencio.

Poco a poco todos dejaron de hablar para escuchar si aparecía su apellido. 

Sin levantar la voz, tenía al salón completamente atento. 

Mi primer triunfo como profesor.

La clase trataba sobre creatividad. Siempre he dicho que la creatividad no se enseña; se provoca, se estimula, se contagia. 

Mi objetivo era demostrarles que las respuestas comunes producen publicidad común.

Así que lancé una pregunta muy sencilla.

—Díganme tres cosas que más les gusten… o tres cosas que menos les gusten.

Las respuestas empezaron a desfilar.

—La mentira, la hipocresía y la maldad.

—El amor, la sinceridad y la honestidad.

Todo sonaba a concurso de Miss Universo. 

Respuestas predecibles, convencionales e idénticas.

Hasta que llegó el turno de una chica imposible de no mirar.

Llevaba un pañuelo en la cabeza, ropa llena de colores, pulseras por todos lados y unos enormes ojos verdes que anunciaban problemas. 

Parecía salida directamente de la serie Punky Brewster.

—A ver, Fabiola… tres cosas que más te gusten.

Se puso de pie con total desparpajo, apoyó un pie sobre la carpeta, me miró fijamente y respondió:

—Tus ojos.

El salón explotó.

Carcajadas.

Aplausos.

Silbidos.

Y yo, profesor debutante, sentía cómo el rojo me iba conquistando la cara centímetro por centímetro.

Fueron apenas unos segundos… aunque a mí me parecieron una temporada completa.

Respiré hondo, la miré de regreso y contesté:

—Muy bien… te pedí tres. Ya va una. Te faltan dos.

Le había respondido en su mismo idioma: el de la creatividad.

Ahora las risas fueron todavía más fuertes.

Había sobrevivido.

Y, de paso, descubierto que improvisar también era parte del curso.

Nunca más volví a hacer esa pregunta en una primera clase ni en ninguna otra.

Con los años, aquella alumna atrevida convirtió ese desparpajo en una profesión. Hoy, Fabiola Arteaga es una de las grandes figuras del stand-up comedy peruano.

Y cada Día del Maestro la recuerdo con una sonrisa, porque ese primer día llegué convencido de que iba a enseñar creatividad.

La primera lección, sin embargo, me la dio una alumna.

Desde entonces entendí que las mejores clases nunca son de un solo sentido. Cuando un profesor enseña de verdad, siempre hay dos que aprenden.

Feliz Día del Maestro.

P. D. El Día del Maestro se celebra cada 6 de julio porque ese día, en 1822, José de San Martín creó la primera Escuela Normal de Preceptores del Perú. Más de dos siglos después, la esencia sigue siendo la misma: un buen maestro nunca deja de aprender.


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