Hace muchos años, durante uno de mis viajes, me encontré con un reloj derretido.
Fue en Montmartre, París.
Para cualquier otra persona habría sido simplemente una escultura. Para mí no.
Siempre me ha fascinado el surrealismo. Esa idea de que la realidad es apenas una sugerencia y que los sueños, a veces, dicen más verdades que los hechos.
Por eso me quedé varios minutos frente a aquella obra inspirada en los famosos relojes de Dalí.
Recuerdo haber pensado que esos relojes blandos tenían algo inquietante. Como si el tiempo no fuera tan rígido ni tan exacto como nos enseñaron. Como si los años pudieran doblarse, deformarse y cambiar de forma según quien los viviera.
En ese momento me pareció una idea brillante.
Años después descubrí que también era cierta.
Hace poco volví a mirar aquella fotografía.
El reloj sigue exactamente igual.
El que cambió fui yo.
Cabello con canas.
Rodillas gastadas.
Hijos crecidos.
Con amigos dispersados por el mundo.
Algunas personas que entonces estaban conmigo hoy viven solamente en mis recuerdos.
Y fue entonces cuando entendí algo.
Durante años creí que los relojes de Dalí se derretían.
Ahora pienso que los relojes estaban perfectamente bien.
Los que nos derretimos somos nosotros.
Por eso ya no veo esa fotografía como el recuerdo de un viaje a París.
La veo como una conversación entre dos personas.
El hombre que creía que tenía todo el tiempo del mundo.
Y el que aprendió que el tiempo no se mide en años.
Se mide en abrazos.
En risas.
En conversaciones que terminan demasiado pronto.
En los momentos compartidos con quienes amamos.
Nadie sabe cuánto tiempo nos queda.
Pero todos sabemos con quién quisiéramos pasarlo.
Tal vez esa sea la verdadera persistencia de la memoria.
No la de los relojes.
Sino la de los recuerdos que permanecen cuando los años siguen avanzando.
Y cada vez que vuelvo a mirar aquella fotografía tomada en Montmartre, sonrío.
Porque el hombre que aparece frente a aquel reloj todavía tenía mucho por aprender.
Y el que hoy contempla esa misma fotografía todavía tiene mucho por agradecer, mucho por compartir y mucho por vivir.
Después de todo, quizá el tiempo no sea tan rígido como creíamos.
Y, por fortuna, todavía estoy a tiempo.
A tiempo para decir “te quiero”.
Para brindar con un trago más.
Para compartir una conversación que valga la pena recordar.
Para escuchar una historia más de mis hijos y seguir formando parte de las suyas.
Para seguir llenando de vida los años que me quedan.
Y para crear esos recuerdos que, cuando el tiempo vuelva a hacer de las suyas, terminarán formando parte de mi propia persistencia de la memoria.

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