Inteligencia Superior.

La inteligencia artificial es una maravilla.

Uno le pregunta cualquier cosa y responde. Le pide una idea y propone diez. Le plantea un problema y encuentra soluciones que a uno ni se le habían pasado por la cabeza.

Es rápida, eficiente, incansable. No duerme, no se distrae, no llega tarde y jamás te dice: «Te iba a llamar, pero se me pasó».

Una joya.

Y lo más alucinante es que todo eso lo hace sin haber vivido absolutamente nada de lo que sabe.

Y ahí está el detalle!

La inteligencia artificial tiene información. 

Lo que no tiene es vida.

Y entre estar informado y haber vivido hay una diferencia que no entra en ninguna base de datos.

La IA puede explicarte qué es el miedo. Puede describir sus síntomas, analizar sus causas y hasta redactar un manual para enfrentarlo.

Pero nunca ha sentido que alguien le ponga un arma delante. Nunca se ha cagado de miedo.

Nunca se ha quedado helada mientras el corazón le tocaba una percusión de cajón peruano dentro del pecho.

Puede calcular las probabilidades de un asalto. Lo que no puede es calcular el temblor de las piernas cuando el asalto te toca a ti. Ni ese instante en que tienes que decidir si corres, te paralizas o encuentras el valor para enfrentarlo.

Porque una cosa es tener los datos y otra muy distinta es tener los huevos. O los ovarios. Que en materia de miedo, la valentía no discrimina.

La IA puede explicarte qué es el amor. Puede escribirte un poema que haga llorar hasta a una piedra.

Pero nunca se ha enamorado de la persona equivocada. Nunca ha esperado un mensaje que no llega. Nunca le han sacado la vuelta.

La IA conoce las estadísticas de una infidelidad. Pero no sabe lo que significa encontrar una verdad que uno hubiera preferido no encontrar.

Porque una cosa es procesar una traición y otra llevar los cachos.

Y ahí, querido algoritmo, los datos no te dan la talla.

Porque a la inteligencia artificial le falta calle. Y no me refiero a que no sepa encontrar una dirección en Google Maps.

Le falta esquina.

Puede identificar miles de expresiones faciales, pero no necesariamente sabe cuándo alguien te sonríe porque te quiere y cuándo te sonríe porque quiere algo de ti.

Para eso hace falta mundo.

Y el mundo no siempre se aprende leyendo.

A veces se aprende perdiendo. Plata, tiempo, oportunidades, amigos, amores. Descubriendo que no todo el que te da la mano quiere ayudarte a levantarte. Algunos quieren comprobar si llevas reloj.

La IA puede estudiar miles de casos de decepción. El ser humano puede aprender con uno solo. Y a veces ni siquiera aprende: reincide. Porque tenemos esa extraordinaria capacidad de tropezar con la misma piedra y, encima, saludarla como si fuera una vieja amiga.

Eso también es inteligencia humana. O una de sus formas más creativas de negarla.

En publicidad lo llamamos insight.

Una gringada para describir algo que muchas veces nace de una experiencia o vivencia .

Los datos te dicen qué hace la gente. La experiencia puede ayudarte a entender por qué.

Y esa diferencia, en creatividad, vale oro.

Claro que la inteligencia artificial también puede cruzar millones de datos, detectar patrones y proponer hipótesis extraordinarias. Sería absurdo despreciar semejante capacidad.

Pero hay algo que no debemos confundir. Una cosa es reconocer el patrón de una lágrima y otra cosa es llorarla.

Una cosa es saber que alguien murió y otra es quedarse mirando una silla vacía.

Una cosa es conocer la definición de nostalgia y otra es escuchar una canción que te devuelve a una casa que ya no existe, a una voz que ya no escuchas o a un salón de clases.

La IA puede describir el pasado.

Nosotros, a veces, volvemos a vivirlo.

Basta el olor de una comida que te preparaba tu Mamama. Una foto vieja. 

Un amigo que te llama después de veinte años y te habla como si hubieran pasado veinte minutos.

Por eso me hace gracia cuando alguien pregunta si la inteligencia artificial va a reemplazar a la inteligencia humana.

Depende.

Si hablamos de procesar información, calcular probabilidades o encontrar respuestas, tenemos que reconocer que la máquina juega en otra liga.

Pero si hablamos de comprender lo que significa estar vivo, todavía juega en provincias.

La máquina corrige el error.

El hombre aprende de él.

Por eso, cuando alguien me hable de inteligencia artificial, yo le preguntaré si sabe algo de la vida.

No para competir con las máquinas ni para negar su utilidad. Mucho menos para defender ese orgullo humano que nos hace creer que somos insustituibles incluso cuando estamos buscando los lentes y los tenemos puestos en la cabeza.

Se trata de algo mucho más sencillo.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a pensar mejor. Aprovechémosla.

Pero no le entreguemos aquello que nos corresponde ejercer: el criterio, la responsabilidad, la sensibilidad y la capacidad de decidir qué hacemos con lo que sabemos.

Porque acumular información no es lo mismo que comprender.

Para eso hace falta algo que no se descarga, no se instala y no se actualiza con una nueva versión.

Hace falta vivir.

Tener calle. Tener mundo. Tener memoria, cicatrices, dudas y algún que otro roche que, con los años, termina convirtiéndose en anécdota.

La inteligencia artificial avanza.

Nosotros también podemos avanzar con ella, sin renunciar a aquello que nos hace humanos.

Porque al final, después de tantos datos, tantos cálculos, tantos algoritmos y tanta discusión sobre el futuro, hay una palabra que no necesita apellidos.

Ni artificiales.

Ni humanos.

Inteligencia.


Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.