Dicen que en el Perú el fútbol une, pero más bien nos une el odio compartido al vecino.
Soy hincha de la “U” y como todo hincha de verdad, muero y mato por mi equipo.
Pero algunos lo han tomado tan literalmente en serio que con solo mencionar el color del rival ya te ganaste tu esquela en el velorio del domingo.
El ambiente nos cría así. A los de U hay que llamarlos gallinas. Y a los de Alianza en elegante reciprocidad, cagones. Y a los de Cristal, “pavos”.
Insultos que van de campo a campo.
Y así, cada equipo tiene su apodo de zoológico. Al final, el fútbol peruano parece menos una liga profesional y más un parque de las leyendas.
Y lo más curioso es que hasta con los amigos y la familia nos podemos pelear por defender lo indefendible.
Preferimos amargarnos la parrillada del domingo o romper grupos de WhatsApp, con tal de blindar a jugadores que ni saben que existimos y a clubes que solo nos devuelven frustraciones.
Un amor ciego, masoquista, casi religioso. Con un rosario de insultos y ofensas.
Y por si fuera poco, ya no solo es una guerra de hinchas en la tribuna: ahora también es una guerra de influencers. Sale cada atorrante a pujar por su equipo con más fe que neuronas, opinando con una ceguera olímpica, como si fueran analistas de ESPN.
Circo digital donde se grita más de lo que se piensa, donde la pasión le gana siempre a la estadística, y donde cada “opinólogo” se cree entrenador solo porque tiene datos pirateados de Google y una cámara frontal.
Lo curioso es que, aunque cada barra se jacta de su grandeza, los papelones internacionales se coleccionan como figuritas del álbum Panini.
El hinchaje en el Perú es como una combi en hora punta:
Todos se insultan, todos se empujan, todos se pisan los pies… pero al final terminamos todos en el mismo paradero.
Pero claro, lo peor no está en los apodos ni en los memes ni en los calificativos he insultos: está en esos que se hacen llamar barristas, pero que en verdad son simples delincuentes. No son hinchas, porque un hincha sufre, canta, llora… pero no destroza.
Ellos no alientan: revientan lunas, revientan calles y nos revientan la ilusión de que el fútbol sea fiesta. Son turistas del caos, disfrazados de pasión, que confunden la camiseta con un pasamontañas.
Y quizás ese día, cuando nos demos cuenta de que el rival no es el vecino, sino la miseria de nuestro propio fútbol, que insultar y descalificar al contrario está fuera de juego, recién ahí dejaremos de matarnos por la camiseta… y empecemos a brindar juntos por un gol peruano en Libertadores.
Que, para ser sincero, se hace esperar más que la entrega de una obra pública peruana… como el famoso Puente de La Paz en Miraflores.
Responder a Soledad Mac-Lean B Cancelar la respuesta