Érase una vez, en tercero de media, en el Maria Reina, cuando los recreos eran más importantes que los verbos y los logaritmos, yo jugaba fútbol con la convicción de que el mundo podía arreglarse a punta de goles. Corría, dribleaba, sudaba como si cada gota fuera una ofrenda al dios redondo. Pero lo que no sabía era que aquel día no estaba escribiendo un partido, sino el primer párrafo de un conjuro.
En la tribuna –si es que se puede llamar tribuna a un murito y un chico de quinto que parecía haber repetido grado o dimensión– alguien gritó:
—¡Patea, bruja!
Yo miré a mi alrededor. Pensé que hablaba con alguna aparición pero no. Era para mí. Y no fue un conjuro aislado. A cada toque mío:
—¡Dale, bruja! ¡Buena, bruja! ¡Esa es, bruja!
Ahora que lo pienso, tenía sentido. Era flaco. Muy flaco.
Con una peluca que me daba cierto aire místico. Un perfil que, según desde dónde me miraras –sobre todo desde la esquina torcida del recreo–, podía confundirse con el de una bruja recién salida de un cuento. No sé si era la nariz, mi barbilla, el aura o el rebote de luz de los recreos, pero ese chico de quinto me vio y decidió que yo era La Bruja.
Al principio lo ignoré, como se ignora el zumbido de un mosquito filosófico. Luego me incomodó. ¿Bruja yo? Respondía con lo que un adolescente considera defensa del honor:
—¡Bruja tu vieja! ¡La bruja será tu tía, la del bigote! ¡La concha de tu madre!
Pero el conjuro ya estaba lanzado. Y como todo buen hechizo, se propagó. El virus del vocativo me infectó los recreos, los pasillos, los cuadernos. Mis compañeros empezaron a invocarme como si en vez de un apodo, me estuvieran convocando a un aquelarre.
—¡Habla bruja!
Y ahí ocurrió. El punto de quiebre.
El hechizo se internacionalizó. La bruja ya no era un insulto ni un espejo torcido. Era una identidad con escoba propia. Una marca registrada.
Me gradué, cambié de reino, fui a la universidad, y la bruja me siguió como mascota fiel. Luego entré al IPP, primero como aprendiz de magia aplicada, y después como maestro de encantamientos publicitarios. Y aunque los alumnos no lo saben, ni lo necesitan saber, el director –que me conoce desde que mis conjuros eran apenas garabatos– me llama bruja con esa familiaridad que solo tienen los alquimistas que reconocen a otro.
En mis clases no hay pizarras, hay portales.
Y la creatividad, cuando se enseña bien, tiene más de poción que de teoría.
Soy publicista, sí, pero no de los que venden.
Soy de los que encantan.
De los que cuentan historias con ese polvo invisible llamado storytelling, pero que en realidad es esencia de memoria mezclada con tinta de intuición.
Y sí, ahora tengo un blog: Calderón de la Bruja, y cada texto mío lleva un poco de risa, otro poco de cicatriz, y una cucharadita de verbena poética.
Porque entendí que la bruja no era un género, sino un poder.
Las brujas ven lo que otros no quieren mirar.
Las brujas combinan ingredientes imposibles y los convierten en algo que embriaga.
Las brujas sobreviven a las hogueras y, lo más importante:
Las brujas siempre vuelan por encima de los que las quieren quemar.
Soy la Bruja MacLean, y no hay pócima que me represente mejor.
A mis 60 años lo llevo con cariño, con humor, con respeto.
Porque ser bruja es ver el mundo con otros ojos, con ojos que ya no solo miran, sino que adivinan.
Una bruja que escribe con tinta negra y se ríe con carcajada roja.
La que convirtió un apodo en un conjuro. Una marca en magia.
Muchas historias, en un blog.
Cacle Cacle.
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