En este mismo instante, en algún estadio con cámaras 4K y comentaristas exaltados, el VAR observa.
Callado. Preciso. Neutral.
Su único pecado: ser demasiado justo.
El VAR no opina.
No siente presión.
No grita “¡penaaal!” ni “¡roja!”.
Solo muestra. Repasa. Mide.
Y aun así…lo acusan.
—“¡El VAR se equivocó!”
—“¡Otra vez el VAR contra nosotros!”
—“¡El VAR está vendido!”
—VAR de mierda ! como diría mi amigo Aldo Boero. Un defensa impecable, y sin embargo, el VAR le cae peor que un delantero habilitado.
Qué pena el VAR.
Porque no fue el VAR quien dijo “siga, siga”.
Ni fue el VAR quien ignoró la patada en el área.
El que lo hizo fue Él:
el que aprieta el botón,
el que elige qué cámara mostrar,
el que “interpreta” lo evidente como “opinable”.
Y ahí está el verdadero fallo:
no en la máquina, sino en la mano humana que la opera.
Una mano cargada de historia,
de colores, de camisetas bajo el terno.
Una mano que no tiembla al desviar la justicia con una simple frase:
—“Jugada discutible, no hay intervención.”
Y así, el VAR —esa herramienta casi divina— se convierte en cómplice involuntario del viejo vicio de siempre:
el favoritismo,
la conveniencia,
el “por si acaso”.
Mientras tanto, el VAR sigue ahí.
Frío. Objetivo. Esperando que, alguna vez,
alguien lo use para decir la verdad y no para disfrazarla mejor.
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Moraleja
La tecnología puede ser perfecta.
Pero dale un control remoto a un humano y verás cómo hasta el VAR puede terminar con tarjeta roja.
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