Rezaron al mismo Dios.
Padre e hijo salieron de casa convencidos de que llevaban la verdad en los bolsillos y la justicia en el cargador. No discutieron el plan: el odio no necesita diálogo, solo permiso. Para ellos, Dios no era un misterio ni una pregunta; era una excusa. Un salvoconducto celestial para disparar contra otros hombres, otras caras, otros apellidos.
Dispararon contra judíos.
No porque los conocieran.
No porque les hubieran hecho algo.
Sino porque alguien —alguna vez— les dijo que odiar también podía ser un acto de fe.
Dieciséis cuerpos cayeron.
Dieciséis historias interrumpidas.
Dieciséis silencios nuevos en casas donde esa noche nadie volvió a cenar.
Y entonces pasó lo imperdonable para los fanáticos.
Lo inexplicable para los simplistas.
Lo intolerable para los que aman las etiquetas.
Otro musulmán apareció.
No gritó.
No citó versículos.
No preguntó de qué lado estaba nadie.
Vio el arma.
Vio a la gente corriendo.
Y entendió, sin teología ni doctrina, que ese no era un momento para creer, sino para actuar.
Corrió hacia el peligro, que es justo lo contrario de lo que hacen los cobardes con convicciones firmes. Se lanzó contra el atacante como quien apaga un incendio con el propio cuerpo. No pensó en el cielo ni en el infierno. Pensó en ese segundo exacto en el que una bala podía no salir.
Pero salió.
Salieron las últimas.
Y lo encontraron a él.
No fue la fe la que apretó el gatillo.
Fue el hombre.
Tampoco fue la fe la que se interpuso.
También fue el hombre.
El mismo Dios estuvo en ambos lados,
pero solo uno entendió algo elemental:
que ninguna creencia vale una vida ajena.
Unos usaron a Dios como coartada.
Otro no lo necesitó para hacer lo correcto.
Y entonces quedó claro:
Dios no mata.
Mata quien decide hacerlo en su nombre.
Y ese pecado no se reza. Se asume.

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