Alguna vez escuché una frase maravillosa acerca de la definición del humor:
“Comedy is tragedy plus time.”
(La comedia es tragedia más tiempo.)
— Mark Twain
No me gustó por ingeniosa.
Me gustó por honesta.
El humor necesita distancia.
Distancia temporal, claro.
Lo que hoy duele, mañana puede dar risa.
En el momento no hay chiste posible: hay impacto, hay miedo, hay cuerpo.
La risa aparece cuando la herida ya cerró y uno puede mirarla sin que sangre.
Pero también existe la distancia emocional.
No estar dentro del incendio.
Porque nadie se ríe mientras arde.
Mientras todo quema, uno no hace humor:
uno intenta salir.
Y hay una tercera distancia, tal vez la más decisiva:
la distancia narrativa.
Cuando algo se puede contar, ya dejó de ser puro dolor.
En el momento en que una tragedia se vuelve relato, el caos empieza a ordenarse.
El recuerdo encuentra forma.
Y ahí —recién ahí— aparece el humor.
Yo no me reí cuando impacté en moto contra un auto a sesenta kilómetros por hora.
No me dio risa salir volando quince metros, ni caer de cara sobre el pavimento, ni terminar con el rostro destrozado como si el asfalto hubiera decidido firmarme un autógrafo.
Ahí no hubo distancia.
Ahí estaba adentro del incendio.
Hubo hospital.
Hubo tiempo suspendido.
Hubo un cuerpo aprendiendo, de golpe, que no era inmortal.
Eso fue tragedia.
Pura. Sin distancia.
La risa llegó después.
Y no llegó gratis.
Pero hay un detalle que hoy me da risa
y que en ese momento no tenía ninguna.
Después del impacto, me levanté del pavimento completamente ensangrentado.
Tenía la cara destrozada por el golpe, pero no era consciente de la magnitud del daño.
No me vi.
No entendí todavía lo que había pasado conmigo.
Lo primero que hice fue mirar la moto destrozada y decir, con una claridad que hoy me resulta hilarante:
“Puta madre… mi moto.”
Eso fue todo.
Eso fue lo que me preocupó.
No mi cara.
No mi cuerpo.
No el hecho bastante evidente de que algo andaba muy mal.
Mi Kawasaki Ninja.
Acto seguido, me desmayé.
Hoy eso me da risa.
No porque haya sido gracioso, sino porque es la prueba más brutal de lo mal calibradas que pueden estar las prioridades cuando uno todavía está vivo de milagro.
Hoy, cada vez que me río mucho, se me sale la mandíbula.
No es una metáfora: es memoria física.
Me rompí los cóndilos con ese golpe y el cuerpo decidió no dejarme olvidarlo del todo.
Así que cada carcajada viene con un aviso.
Una nota al pie corporal.
Un acuérdate discreto.
No me río del accidente.
Me río a pesar de él.
El humor no es crueldad.
Es perspectiva.
Es supervivencia con memoria.
Reírse tarde no es llegar tarde.
Es llegar vivo.
El humor necesita distancia.
De tiempo.
De lugar.
Si estás demasiado cerca, quema.
Si estás demasiado lejos, no importa.
El punto exacto es cuando ya pasó
y todavía vale la pena contarlo.
Ahí aparece la risa.
No para borrar lo vivido, sino para demostrar que no fue en vano.
Porque hay cosas que solo te dan risa cuando ya no te pueden matar.

Responder a Amelia Mac Lean Cancelar la respuesta