El hombre del sillón.

La noche en que se llevaron al Hombre del Sillón nadie preguntó demasiado. Fue una de esas madrugadas en que la noticia llega antes que el sueño, sin pedir permiso. Los noticieros hablaron de una operación impecable, quirúrgica, ejecutada con precisión milimétrica.

La llamaron Operación Resolución Absoluta, un nombre de película americana donde el mundo vuelve a necesitar ser salvado, los villanos no tienen monólogo final y el desenlace siempre justifica los medios.

El Hombre del Sillón llevaba años sentado, convencido de que el poder funciona como los muebles antiguos: si estuvieron en la familia, te pertenecen; si aguantan el peso, no se discuten.

Después de todo, el primer sillón que conoció no fue uno de despacho ni de palacio, sino el de un bus.

Conducir fue su mayor mérito. Sentarse, su especialidad. Manejar un bus, al fin y al cabo, es seguir una ruta. Manejar un país es otra cosa.

El sillón era amplio, pesado, bien asentado. De esos que con el tiempo se amoldan al cuerpo hasta borrar la diferencia entre el hombre y el asiento. No era solo un lugar desde donde gobernar: era una extensión del cargo, una prueba de permanencia. Mientras el sillón siguiera ahí, él también.

Así pasaron los años. Ajustándose al respaldo. Hundiendo un poco más el cojín. Repitiendo discursos, inventando enemigos, jurando que todo era por el bien común. Siempre sentado. Siempre cómodo.

Hasta que esa noche no fueron los suyos los que tocaron la puerta.

No hubo arengas ni cadenas nacionales. No hubo relato épico propio. Fue un movimiento externo, limpio, perfectamente iluminado. De esos que no desordenan la sala y dejan todo en su sitio… excepto al hombre que creía que el sillón era suyo.

Resolución Absoluta, dijeron.

Como si la historia no tuviera matices.

Como si despegar a alguien del sillón fuera solo cuestión de fuerza y nombre.

Y ocurrió algo curioso: el pueblo aplaudió.

Aplaudió con alivio. Aplaudió rápido. Aplaudió incluso gente que hasta el día anterior desconfiaba profundamente del que había dado la orden. Porque la orden vino del Sheriff.

El Sheriff del Norte.

Placa brillante. Métodos conocidos.

El mismo que entra cuando quiere, actúa cuando le conviene y explica después… si es que explica.

Durante años fue motivo de sospecha, de marchas, de discursos inflamados. Se le reprochó intervenir donde no debía y decidir destinos ajenos. Pero esa noche fue eficiente. Preciso. Profesional. Un especialista en levantar hombres demasiado aferrados al sillón.

Y ahí apareció la idea.

Una idea incómoda, esa que no muchos se atreven a decir en voz alta:

cuando el villano es tan villano que nos hace aplaudir al justiciero equivocado.

El Hombre del Sillón merecía caer. Había confundido el país con una sala privada, el Estado con un mueble heredado y la ley con una molestia que se esquiva acomodándose mejor. Su caída era justa. Su juicio, necesario.

Lo incómodo no era verlo de pie.

Lo incómodo era el aplauso.

Porque no aplaudimos la justicia, sino el método.

No celebramos que se levante el abuso, sino quién tiró del respaldo.

De pronto, el Sheriff era el héroe.

El que “hizo lo que había que hacer”. El que resolvió, de manera absoluta, lo que el país no pudo resolver solo.

El problema de las resoluciones absolutas es que no distinguen entre sillones mal usados y sillones de casas ajenas.

Esa noche dormimos tranquilos.

La sala quedó intacta.

Los analistas dijeron histórico.

Y el sillón quedó vacío.

Vacío, pero marcado. Con la forma del cuerpo todavía ahí, como advertencia. Porque los sillones no olvidan tan rápido.

Si hoy celebramos que alguien sea arrancado de su asiento,

si hoy aplaudimos porque el sentado nos caía mal,

¿qué haremos mañana cuando la misma mano decida que otro sillón sobra?

No se trata de defender al Hombre del Sillón. Ese capítulo final se caía de maduro, estaba vencido.

Se trata de admitir que el fin, por más justo que sea, no limpia el medio. Solo lo vuelve aplaudible por un rato.

Porque el día que el Sheriff decida que el problema es nuestro sillón,

no habrá nombre rimbombante,

ni operación impecable,

ni aplauso alguno

que nos permita seguir sentados.


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Comentarios

3 respuestas a «El hombre del sillón.»

  1. Avatar de Maria Amelia Mac-Lean Herrera
    Maria Amelia Mac-Lean Herrera

    Excelente reflexión, abrazo primo eres seco me encanta leerte

  2. Avatar de Veronica Caballero
    Veronica Caballero

    Muy bien explicado, la verdad me gustó mucho y temo mucho de lo que pasará con el uso indebido del sillón

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