El clásico del golf.

Hay dos cosas que con los años he descubierto me apasionan de verdad: la U y el golf.

Una es una enfermedad incurable.

La otra también.

Y, curiosamente, las dos me han permitido conocer gente extraordinaria.

Entre ellas está Claudio Pizarro.

No Claudio Pizarro, el del Bremen, el que levantó la Champions.

No él. Su papá.

Un tío simpaticón, hincha grone a muerte y, lo peor de todo, recontra cachoso.

De esos hinchas que no necesitan que juegue Alianza para hablar de Alianza. De esos que son capaces de defender lo indefendible.

Alianza podría estar, como muchas veces ha estado, al fondo de la tabla, peleando la baja y haciendo papelones en la Libertadores, pero él siempre encontrará una explicación, una justificación, un argumento o cualquier cosa para defender a su equipo.

Y yo obviamente hago lo mismo.

La diferencia es que la U me ha dado menos trabajo que a Claudio.

Pero volviendo al tema, esa rivalidad también se expresa en nuestro WhatsApp de golfistas y muchas veces en el hoyo 19.

Siempre con buena onda, por supuesto.

Aunque la joda a veces llega a límites inesperados.

Hace un tiempo jugué un torneo de golf con Claudio y me ganó, me ganó y me ganó.

Lo repito, no tantas veces como él lo viene repitiendo durante todo un año.

El hombre lleva celebrando esa victoria como si Alianza Lima hubiera ganado por primera vez la Libertadores.

Y me lo recuerda cada vez que puede.

Y no solamente me lo recuerda. También, cachosamente, me dice: “Me comí una cremita volteada”.

Yo, tranquilo, esperaba el día de mi revancha.

Y para eso también tenía mis frases ensayadas.

No por algo soy creativo publicitario desde hace 40 años. Pero tampoco les voy a contar cuáles eran, por respeto a la amistad y a la decencia pública.

Algunas municiones deben permanecer en el arsenal.

Pero la vida, que a veces tiene sentido de humor, nos dio esa revancha y nos puso-este último sábado- en el mismo foursome del clásico machetero del Country Club de Villa.

La expectativa aumentó y no solamente entre nosotros.

Todo nuestro grupo de macheteros se metió en el partido y decidió abrir las apuestas.

Esta vez decidimos hacer algo diferente.

En lugar de poner nuestros nombres en las tarjetas, pusimos: UNIVERSITARIO VS ALIANZA.

Ya no estábamos jugando golf.

Estábamos jugando el clásico.

El primer hoyo fue el pitazo inicial.

Cada putt era una ocasión de gol.

Cada error era un penal.

Y cada birdie era, obviamente, un golazo.

Terminamos la primera vuelta y Claudio estaba arriba.

Alejandro, que estaba en el mismo foursome narraba el resultado: “Alianza va ganando 1-0 al final del primer tiempo”.

Faltando cuatro hoyos, Claudio iba 2 arriba y lo festejaba bailando salsa. 

Llevaba un radio portátil a todo volumen, donde sonaba más la victoria que la propia salsa. 

Se notaba que la felicidad de sentirse ganador ya estaba empezando a bailar con él.

Yo no estaba preocupado.

Los clásicos se juegan hasta el final.

Y, además, la U ya sabe lo que es remontar.

Y Alianza también sabe de volteadas pero en su contra.

Hasta que llegamos al hoyo 18 empatados. 

Ya no había salsa de fondo. 

Tampoco baile.

Minuto 90.

Había gente esperándonos en el 18.

Transmisión en vivo.

Video en tiempo real para los que no estaban en el club.

Las hinchadas juntas por primera vez. 

Todos en los alrededores del green, como si se estuviera definiendo la final de la Liga 1 en el Monumental.

Y nosotros dos, en medio de todo eso, intentando aparentar que aquello era simplemente un match.

Y no lo era.

Era una final.

Había presión.

Había público.

Habían apuestas!

Y probablemente había más gente pendiente de esa final que de cualquier otro momento del día.

Llegamos al green.

Los dos teníamos la posibilidad de ganar el partido, pero lo empatamos.

Empatamos el 18 y empatamos el match.

Sí.

Después de todo.

Después de la ventaja de Alianza.

Después de mi remontada.

Después de convertir una partido de golf en un clásico.

Después de tener público, hinchadas, presión y minuto 90…

Empate.

Se acabó.

Nos abrazamos.

Aunque conociéndonos, sospecho que esta historia tiene para rato.

Uno puede empatar un partido, pero jamás empata una discusión con un hincha como Claudio Pizarro.

Si su anterior victoria le duró un año, no me extrañaría que este empate le dure otro.

Este clásico todavía no termina.

Nos queda otro partido pendiente y seguramente vendrán muchos otros más.

Y la próxima vez yo también traeré mi radio portátil.

Y pondré una de mis canciones favoritas de Óscar D’León:

“Llorarás…y llorarás”


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