Dos veces Acho.

(5 min de lectura)

La primera vez que fui a Acho fue para ver a El Tri.

Los que me conocen saben que soy fanático de Alex Lora. Tanto, que de vez en cuando tengo el atrevimiento de interpretar alguna de sus canciones en uno que otro karaoke. Con más entusiasmo que talento, probablemente, pero con el corazón bien puesto y la garganta a mil.

Esa noche salí contento, con la adrenalina del concierto todavía encima y ganas de seguir disfrutando. Así que decidí caminar para buscar un taxi.

Y ahí empezó otra historia.

En el camino, por el puente del río Rímac, me rodearon seis pandilleros. No parecían interesados en robarme. Lo suyo era otra cosa: provocar y buscar bronca.

No me cayeron los seis juntos.

Me mecharon uno por uno.

Una suerte de campeonato de boxeo callejero para el que, evidentemente, no me había inscrito ni preparado.

Perdí. Por puntos, por nocaut y por todas las modalidades.

Me sacaron la mugre.

Esa fue mi primera experiencia saliendo de Acho.

Ayer regresé por segunda vez.

Esta vez no había rock. Era mi primera corrida de toros.

Y debo confesar algo: los toros nunca han sido lo mío. Pero uno, como publicista, tiene que salir de su burbuja, observar, conocer los espectáculos y entender qué convoca a la gente y por qué. Así que decidí ir. No para juzgar antes de ver, sino para vivir la experiencia.

Desde los previos, el ambiente era impresionante. La cantidad de gente, la comida, la puesta en escena, los banners impresos, la organización y la expectativa. Todo tenía una dimensión que me sorprendió. Una energía colectiva difícil de ignorar. Una fiesta alrededor de una tradición centenaria.

Tengo que reconocerlo: me impresionó. Y me encantó.

Hasta que salió el toro.

Al principio, todo era movimiento, fuerza y belleza. Un animal imponente corriendo por el ruedo. Y uno, sentado en su localidad, intentando entender ese ritual que tantas personas viven con pasión.

Entonces llegaron los picadores, montados a caballo.

Y la cosa cambió para mí.

Ver cómo clavaban sus lanzas en el toro me produjo una sensación que no esperaba. Me explicaron que aquello formaba parte de la faena, que servía para preparar al animal y provocar su embestida.

Entiendo que hay una técnica, unas reglas y una tradición detrás de cada movimiento. Pero una cosa es que te lo expliquen y otra muy distinta es verlo.

Después llegaron los banderilleros. Y luego, el torero, con su elegancia, su valor y esa coreografía que convierte el ruedo en un escenario.

Puedo reconocer la destreza, la técnica, el riesgo y la estética de una faena bien ejecutada. También puedo entender lo que esta tradición representa para tantas personas y la pasión con la que la viven. Pero una cosa es reconocer todo eso y otra es cómo te sientes cuando presencias determinados momentos.

Llegó la estocada.

Y el toro cayó.

Ahí se me acabó el espectáculo.

De pronto, dejé de ver una faena y empecé a ver a un animal luchando por su vida. Un animal que no eligió estar ahí y que sigue embistiendo porque, hasta el último momento, intenta sobrevivir.

Mientras para unos aquello era el final de una faena, para el toro era el final de su vida.

No sé exactamente qué esperaba sentir. Quizá pensé que, rodeado de tanta gente entusiasmada y ante un espectáculo de tanta tradición, iba a entenderlo de otra manera.

Pero ver a ese animal, que minutos antes corría con una fuerza extraordinaria, terminar en el suelo, me produjo una tristeza profunda.

El verduguillo, utilizado para rematar al toro cuando la estocada no ha sido suficiente, terminó de hacer que la escena me resultara insoportable.

Y después, el cuerpo del animal arrastrado fuera del ruedo.

No hubo aplauso que cambiara lo que estaba sintiendo. Yo ya no podía dejar de ver al animal.

Salí de Acho con una sensación que no esperaba. Me había impresionado la fiesta, me había gustado el ambiente y había admirado la puesta en escena. Pero algo dentro de mí se había quebrado.

La primera vez que fui a Acho, me partieron la cara.

Ayer, en cambio, Acho me partió el alma.

La primera vez salí golpeado, adolorido, molido a golpes por seis desconocidos. El cuerpo se recuperó. Los moretones desaparecieron. La anécdota quedó para contarla.

Ayer no hubo golpes, no hubo pelea, no hubo nadie que me tocara un pelo.

Y, sin embargo, salí con más dolor.

Porque hay cosas para las que uno cree estar preparado hasta que las ve. Puedes conocer la historia, entender la tradición y respetar que otros la vivan de una manera distinta. Pero cuando algo te golpea de verdad, no hay explicación que consiga borrar esa sensación.

No fui a Acho para cambiar de opinión. Fui para conocer.

Y descubrí que puedes admirar un espectáculo y, aun así, no soportar su desenlace.

La primera vez, Acho me dejó el cuerpo molido.

La segunda, me dejó una pregunta dando vueltas en la cabeza:

¿Cuántas cosas somos capaces de celebrar porque las hemos convertido en tradición, aunque, cuando las vemos de cerca, nos duelan?

No tengo una respuesta para todo. Tampoco pretendo dar lecciones.

Solo sé que ayer fui a ver una corrida de toros y terminé pensando menos en el torero, menos en la faena y mucho más en el animal.

La primera vez me rompieron por fuera.

Ayer me rompieron por dentro.

Y esta vez me dolió mucho más.


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