Siempre me aluciné un Sport Billy. Sí, ese dibujito de los ochenta que sacaba una raqueta de tenis de la mochila y, al minuto, ya estaba jugando Roland Garros.
Igualito… pero versión criolla.
Básquet, fútbol, vóley, golf, tabla, bowling, esquí, kanga… en todo me metía. ¿Destacaba? Digamos que nunca fui Messi… pero tampoco Malingas Jiménez. Siempre estaba entre los primeros lugares… aunque fuera en la fila para inscribirse.
Juraba que podía hacer deporte toda la vida… hasta que apareció una palabra que jamás había escuchado: artrosis. Sonaba raro, como nombre de filósofo griego. Pero no: era un diagnóstico. Una sorpresa incómoda que se instaló en mis rodillas sin pedir permiso.
El doctor fue directo: “Ya no tienes cartílago. No puedes hacer ningún deporte, y en el futuro tendrás que operarte las dos rodillas”.
Pasé un año entero malhumorado, triste, improductivo. Dejé de correr olas. Tuve que abandonar mi puesto de arquero en el club. Y me sentía más caído que la Bolsa de Lima en los 90. Y cuando digo caído, hablo literal: me fui varias veces al suelo. La cosa era seria.
Me hicieron artroscopías, me infiltré, me pinché ácido hialurónico como si fuera vitamina C. Pero entendí que la clave no estaba en las agujas: estaba en querer y fortalecer. Y en encontrar un gimnasio donde no solo se levantan pesas, también se levanta el ánimo.
Encontré mi refugio en el golf. Un deporte donde parece que uno no corre ni suda, pero que exige técnica, concentración, resistencia y, sobre todo, práctica. Y lo mejor: sin el contacto que mis rodillas ya no soportan.
Poco a poco me fui recuperando, entrenando, y gracias a ello, hoy los campeonatos me están sonriendo. Últimamente he quedado en los primeros puestos de varios torneos: el Villa Classic, algunos campeonatos internos, otro en República Dominicana y, el sábado pasado, uno de pitch & putt, donde terminé con un +1 gross en la categoría cero a cinco. Para mis rodillas oxidadas, eso vale más que un trofeo: vale como una revancha personal.
Hoy estoy convencido de algo: la artrosis no se combate solo en el quirófano, se combate en el gimnasio. Fortalecer los músculos de las piernas es fortalecer también el alma.
Y entendí que la vida no se mide por lo que ya no puedes hacer, sino por lo que te atreves a seguir intentando. Porque cuando uno persevera, insiste y se llena de disciplina, no hay diagnóstico que te detenga: siempre encuentras la forma de seguir caminando.
Y si encima puedes hacerlo con gratitud y con humor, entonces no solo estás derrotando a la artrosis, estás venciendo también a la vida misma.
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