CRUZ DE HUESO (1926 – 2026)
Antes de que el lugar tuviera nombre, hubo algo que ya estaba ahí.
Una cruz hecha con dos huesos de ballena, plantada como señal de territorio.
No era un adorno.
No era un gesto religioso.
Una señal nacida del océano,
colocada en la arena hace un siglo.
Esa cruz —más señalética que símbolo— terminó dando nombre al lugar donde aprendería a jugar golf:
el Country Club de Golf Cruz de Hueso, en San Bartolo,
uno de los campos de golf más alucinantes del continente.
Cincuenta años atrás, para ser más preciso, cuando apenas tenía diez años, esa cruz me recibía cada sábado.
Dos huesos de ballena que me tragaban como a Jonás.
Pero sin profecía.
Sin castigo.
Solo con un fierro 7 en la mano,
arena en los zapatos, y una infancia entera por aprender.
Era la puerta de entrada a una parte esencial de mi vida.
El umbral desde donde me sumergía
en un mar de arena, viento, juego y aprendizaje.
Mi viejo me llevaba, infaltablemente, sábado tras sábado, a Cruz de Hueso:
dieciocho hoyos tallados entre cerros, arena y huaicos secos,
cuyos surcos habían ido formando pequeñas quebradas, casi cañones naturales, que la geografía convirtió en parte del juego.
Mientras mi viejo jugaba con sus amigos,
yo tiraba bolas con mi fierro 7, copiando su swing, aprendiendo sin profesores, sin coaches, sin manuales.
Aprendizaje intuitivo.
Casi salvaje.
Hecho de observación, repetición y arena.
Así empezó todo.
Porque aquella cancha no era de grass.
Era de arena compactada, con greens —que en el golf son verdes—,
pero que ahí no lo eran.
En Cruz de Hueso, los greens eran blacks:
arena mezclada con aceite, de color oscuro, casi negro.
Por eso el nombre. Por eso la broma.
Una superficie rarísima en el mundo, propia de zonas extremadamente áridas.
Arena por dentro.
Arena por fuera
Una joya extraña del golf latinoamericano,sembrada frente al océano que alguna vez dejó su esqueleto marcando la entrada.
Hoy, cuando prácticamente todas las canchas son de grass, el búnker es el lugar más temido:
la trampa de arena,
el castigo,
la incomodidad.
Pero cada vez que la pelota cae ahí,
no siento angustia.
Siento familiaridad.
Es como volver a cruzar esa frontera invisible.
Hoy juego en el Country Club de Villa.
Y cada vez que mi bola cae al búnker,
siempre aparece la misma frase entre risas:
—Vamos, MacLean… la sanbartolera.
Cuando entro al búnker,
nunca me siento atrapado.
La arena no me castiga.
Me reconoce.
Golpeo.
La arena vuela.
La bola no se asusta.
Sale alta, mansa,
como si supiera el camino.
Porque todos saben de dónde vengo.
Y lo que significa haber crecido en la arena y dominarla.
Haber cruzado ese umbral una y otra vez.
Haber sido tragado temprano para aprender despacio.
Porque mi alma mater no fue otra que San Bartolo:
arena, viento, mar y memoria,
y una cruz de hueso que, más que un límite, dejó su marca en mi destino.

Responder a Amelia Mac Lean Cancelar la respuesta