Después de un largo peregrinaje por agencias de publicidad, en el 2006 se me dio una oportunidad como caída del cielo o subida del inframundo: ser Gerente de Promociones de nada menos que Panamericana Televisión.
Todo empezó con una oferta, una de esas que no se pueden rechazar: un sueldo altísimo en dólares, de esos que te hacen dudar si es verdad o si estás protagonizando una nueva versión de Trampolín a la fama.
Pero pocos días antes de empezar, comenzaron los ajustes. El sueldo bajó una vez. Luego otra. Y cuando creí que ya estaba todo cerrado, me dijeron con total naturalidad:
—“Bueno, parte del sueldo es en canje”.
Canje en artefactos de Hiraoka. Televisores, microondas, licuadoras…
Me pareció menos gracioso que un sketch de risas y salsa, pero seguía siendo una propuesta económicamente potente. Y acepté, ingenuamente, sin saber que lo que estaba acordando no era un compromiso laboral, sino una advertencia.
El primer día llegué con toda la pompa que merecía un nuevo cargo: saco nuevo y expectativas recién planchadas. Pero al abrir la puerta… silencio.
No había nadie. Ni un alma. Ni siquiera un alma en pena. El equipo que debía liderar brillaba por su ausencia. Pensé que era una broma de Damián y el Toyo o un simulacro de incendio sin ensayo previo.
La verdad, como todo en Panamericana, venía con retardo: estaban en huelga. ¿La causa? Nada menor: no les pagaban.
Pero eso sí, el canal era puntual en algo: en incumplir.
No me lo dijeron de frente, claro. La cortesía empresarial tiene sus formas. El gerente —hijo del dueño, con cara de “yo también estoy atrapado aquí”— me pidió que, cuando los huelguistas regresaran, les diera un discurso motivacional. Algo inspirador. Algo que dijera:
—“Todo va a cambiar”.
A las pocas horas, apareció el equipo con cara de novela turca y yo, cual animador de matrimonio sin amor, di mi discurso. Hablé de futuro, de renovación, de una nueva etapa. Ellos me miraban con el mismo entusiasmo que se veía un Teleaviso Pantel.
Los días pasaron y descubrí el truco: el canal no pagaba cada 30 días, sino cada 45.
Una versión muy peruana del sistema financiero: el carrusel de sueldos, donde todos giraban, pero nadie cobraba. Una estrategia tan creativa como criminal para atrapar a los empleados del canal.
Eso sí: yo sí cobraba bien y puntual. Cada mes.
Como los directivos importantes, como los privilegiados del castillo del rey.
Pero no me cuadraba. No me parecía. Así que, cual caballero de los sueldos redondos, fui a hablar con otro de los herederos del emporio: el hijo número X del dueño del canal.
Le dije que no podía seguir así. Que si mi equipo cobraba cada 45 días, yo no podía estar en otro calendario fiscal. Que eso era injusto, poco ético, y que todos deberíamos recibir el mismo trato.
Me miró con cara de CEO iluminado, me puso la mano en el hombro y me dijo:
—No te preocupes… eso tiene solución.
Y la tuvo.
Al mes siguiente, dejé de cobrar puntual.
Aplausos. Justicia social.
Ahora todos éramos iguales, pero en la desgracia.
Me aplicaron la solución inversa: en vez de subir a los demás al tren de la puntualidad, me bajaron a mí al vagón del atraso.
Una reforma salarial a la criolla: nivelar para abajo, que es más barato.
Así fue como, por tener principios, terminé sin quincena.
Por querer igualdad, me igualaron.
Y por hablar de justicia, la cobré con retraso.
Porque en ese canal donde las novelas se escribían con deudas, la verdadera ficción era el cronograma de pagos.
Yo, que entré con traje y discurso motivador, terminé recibiendo mi sueldo en cámara lenta.
Pero jamás fui parte del juego sucio.
Y por eso, finalmente, renuncié.
Apagué la televisión y cambié de canal.
Porque preferí ser off antes que estar on en un frecuencia que solo transmitía injusticia.
Preferí desconectarme antes que ser parte del programa.
Y aunque la historia fue tragicómica, al menos el control remoto lo tuve yo.
Años después, los dueños del canal se fueron por donde vino su ética.
Panamericana dejó de ser de ellos, aunque la deuda con sus trabajadores sigue apareciendo en la programación fantasma.
No nací para convivir con la injusticia.
Nací para luchar contra ella.
Y como buen superhéroe, tengo archienemigos: el abuso y el mal manejo financiero.
Y en ese canal, plagado de villanos, los más temibles no estaban en pantalla. Estaban en Recursos inhumanos.
Afortunadamente la injusticia siempre paga.
Aunque a veces se demore más de 24 HORAS.
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