Cuando conocí a la mujer de mi vida y a la madre de mis hijas, descubrimos muy rápido que teníamos muchas cosas en común.
A los dos nos gustaba viajar, descubrir lugares nuevos y vivir experiencias diferentes.
Nuestro primer gran viaje juntos fue a Europa. Recorrimos varias ciudades, conocimos lugares increíbles, probamos comidas exóticas y nos dedicamos, básicamente, a descubrir el mundo y a descubrirnos a nosotros mismos.
Porque cuando uno viaja hay una regla básica: no ir a cuestionar las costumbres del lugar, sino a conocerlas, adaptarse a ellas y, de alguna manera, convivir con ellas.
Y así llegamos a Grecia.
Todo fue mágico: su historia milenaria, sus dioses, sus mitos, sus templos, la comida, la manera de vivir, de disfrutar, de relacionarse con el entorno. Nosotros solo tratábamos de hacer lo que hace cualquier buen viajero: observar, aprender y adaptarnos.
Un día estábamos en una playa, disfrutando del mar Egeo, cuando llegaron dos chicas.
Se instalaron cerca, dejaron sus cosas y comenzaron a tomar sol desnudas. Totalmente desnudas.
Todo tranqui. Es Europa.
Hasta que, de pronto, empezaron a gritar.
Una señalaba su cartera. La otra trataba de alejarse. La cartera se movía de un lado al otro. Definitivamente había algo dentro de ella.
Elke y yo nos miramos.
—Christian, ayúdalas.
—¿Yo?
—Sí, anda. Hay algo en su cartera.
—¿Y qué quieres que haga?
Elke me miró con cierta malicia.
—Ayúdalas, o ¿te da roche?
Y ahí apareció el verdadero problema.
Elke sabía perfectamente lo que estaba pasando. Y sabía lo que me estaba pidiendo.
¡Ambos también estábamos desnudos!
Hasta ese momento, estar desnudos no había sido un problema. Era parte de aquella experiencia griega que habíamos decidido probar.
Uno se adapta, se relaja, mira el mar y, después de un rato, hasta se olvida de que está sin ropa.
Ahí entendí que existían dos formas de sentirse desnudo.
La primera era física.
La segunda era la vulnerabilidad de tener que levantarte, caminar hacia dos desconocidas y enfrentar un problema desprotegido, tal cual como vine al mundo.
Me armé de valor.
Me levanté.
Caminé hacia ellas intentando mantener la mayor dignidad posible.
Abrí la cartera y atrapé la lagartija.
Eso era todo.
Una pequeña lagartija había conseguido paralizar a dos mujeres, movilizar a un peruano y poner en crisis todo mi proceso de integración cultural. Y, para colmo, dejarme en una situación en la que hasta un perro peruano calato habría tenido más dignidad que yo.
Luego regresé donde estaba Elke.
Me miró riéndose maliciosamente.
—¿Ves? No era para tanto.
Y tenía razón.
La lagartija no era para tanto.
Lo complicado había sido levantarse sin traje de héroe.
Y, créanme, hay que tener pantalones para enfrentar una situación así.
Aunque ese día los míos estaban guardados.

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