Mi debut como arquero fue en 1983, en el torneo de cachimbos de la Universidad de Lima. El partido se jugaba en una cancha rodeada de pabellones, donde estudiaban los de Ingeniería Industrial. Desde ahí, todos miraban. Y se burlaban de cada huacha, de cada resbalón, de cada disparo a las nubes. Era un clásico. Un espectáculo sin entradas, donde el fútbol se mezclaba con el escarnio público y la adrenalina adolescente. Parecía un circo romano, pero con polos Lacoste y calculadoras científicas.
Nadie quería ir al arco —como dicta la tradición en todo torneo amateur— y, en un acto de ironía más que de valentía, dije: “yo tapo”.
Nunca había tapado en mi vida.
Y tapé. Tapé poco. Tapé nada, para ser justos. Pero no fue un desastre total, lo cual, en jerga universitaria, ya bastaba para convertirlo en anécdota heroica. Fue una tarde de pasión con el arco… y como toda aventura universitaria, quedó archivada en el cajón de los “alguna vez”.
Hasta que, casi 30 años después, la portería volvió a llamarme.
Y no precisamente por talento.
El colegio de mi hija, Villa Alarife, organizaba un campeonato de padres de familia. Tenían un equipo sólido: delanteros con pasado en ligas distritales, defensas con rodillas reconstruidas; todos con hambre de gloria, pero sin arquero.
Y ahí apareció mi amigo y excompañero universitario Gustavo Vázquez, tan bueno jugando fútbol como vendiendo humo:
—¡Ya tengo al arquero ideal! —dijo sin pestañear—. Tapó por la Universidad de Lima. Le decían “la Bruja MacLean”.
Y así, de un soplido, me convirtió en leyenda.
Yo, que solo había tapado una vez. En 1984. En un torneo de cachimbos.
—Bruja, tienes que tapar por el cole. Te necesitamos.
—¿Yo? ¿Por qué?
—¡Tú eras el arquero de la de Lima!
—¡Tapé una sola vez!
—No importa. Ya te vendí. Anda, no me hagas quedar mal.
Y fui. Con la dignidad temblando, pero fui.
A veces, todo empieza con atreverse. Con decir que sí antes de saber cómo.
Me regalaron un uniforme verde perico auspiciado por bwin, como si fuera el tercer arquero del Real Madrid. Me compré unos chimpunes blancos que brillaban más que mi currículum futbolístico.
Apenas pisé la cancha, sentí las miradas: “Ahí está el arquero de la U de Lima”, murmuraban. Yo asentía con falsa humildad, mientras por dentro ensayaba cómo ponerme los guantes sin parecer novato.
Primer partido. Primer balón: un centro dócil, de esos que deberían caer en tus manos como una masita. Salí con decisión. Con estilo. Con cero cálculo.
Y pum!
La metí yo mismo.
Un autogol de esos que no se olvidan.
La Bruja MacLean debutaba en Villa Alarife con el pie izquierdo, manos de mantequilla y hechizo fallido.
Pero el fútbol, como la vida, a veces premia al que insiste.
No me fui. No me escondí. Me dejaron seguir, quizá por fe, quizá por falta de opciones. Pero algo se encendió: me picó el bichito.
Esa mezcla de vergüenza, orgullo y desafío me hizo decir: yo puedo hacerlo mejor.
Y para eso, tenía que creérmela.
Empecé a entrenar. Aprendí técnica, tiempos, achique, mano cambiada.
Dejé de fingir que era arquero. Empecé a serlo.
Llegué al Country Club de Villa, donde los partidos ya huelen a sudor competitivo y a Icy Hot.
Me acerqué al entrenador:
—Déjame entrenar con ustedes. Quiero aprender.
—Mira, acá hay cuatro arqueros muy buenos.
—Perfecto. Seré el quinto.
Y fui. El quinto. El último. El que recoge conos y alcanza balones.
Pero no falté. No aflojé. Semana tras semana. Mes tras mes.
No me perdía ningún entrenamiento ni las pichangas de los domingos donde comencé a tener mejores actuaciones.
Inclusive un día le tapé un penal nada menos que a Franco Navarro en un torneo interno.
Y pasé a ser el cuarto. Luego el tercero. Luego el segundo.
Hasta que un día, me dijeron:
—Te toca tapar.
Y tapé.
Y otra vez.
Y otra.
Hasta que fui titular en varios partidos nada menos que en el campeonato de Interclubles jugando contra ex jugadores profesionales.
Yo. El atrevido.
El que un día dijo “yo tapo” casi por accidente.
El que terminó creyéndose la historia… tanto, que la volvió verdad.
⚽ Moraleja de la Bruja:
A veces, la vida te miente tan bien… que terminas entrenando para no fallarle.
Y entonces descubres que sí podías.
Que bastaba con creértela para dar el primer paso.
Y con ese paso, sin darte cuenta ya estás volando. Literalmente.

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