El 31 de diciembre es el único día en que la humanidad cree, con una fe digna de la procesión del Señor de los Milagros, que el tiempo funciona como el botón de refresh.
A las 11:59 p. m. somos exactamente los mismos:
la misma barriga, las mismas deudas, y los mismos electores que, año tras año, eligen mal y luego se hacen los sorprendidos.
Pero llega el minuto mágico.
Y con él, el conteo.
Diez…
nueve…
ocho…
De pronto, la reunión se convierte en una torre de control de la NASA.
Todos corean al unísono, con una solemnidad ridícula, como si en vez de cambiar de año fuéramos a lanzar un cohete a la luna.
Nadie sabe bien qué va a despegar, pero todos cuentan igual.
Con fe.
Con volumen.
Con una emoción desproporcionada para un evento que, en el fondo, no mueve nada.
Siete…
seis…
cinco…
La humanidad sincronizada por un segundo, convencida de que si no grita el número correcto, el futuro podría fallar en el despegue.
Cuatro…
tres…
dos…
Uno.
La gente se pone de pie.
Se abrazan como si hubieran sobrevivido a una guerra, cuando lo único que sobrevivieron fue a su propio calendario.
Doce uvas pasan por gargantas que no mastican deseos, sino supersticiones con sabor a esperanza.
—Este año sí —dicen.
Y lo dicen con la misma convicción con la que dijeron: “este lunes empiezo el gimnasio”.
Mientras tanto, algunos salen corriendo con una maleta vacía alrededor de la manzana, como si adentro llevaran viajes, oportunidades y futuros posibles, cuando en realidad solo cargan lo mismo de siempre: ganas.
Otros se ponen ropa interior amarilla, porque al parecer la buena suerte es tímida y necesita estímulos visuales.
Hay quien quema papelitos, quien se baña con flores, quien brinda mirando al cielo… y quien mira el celular para confirmar que el Año Nuevo empezó de verdad cuando el grupo familiar revienta el teléfono con mensajes eternos y stickers de “Feliz Año”.
Todo esto ocurre en un minuto, el minuto más caro del año, porque en esos 60 segundos la gente gasta más esperanza, más fe y más plata que en cualquier otro minuto creyendo que algo va a cambiar…
A las 12:01 todo sigue igual.
El mundo no se reinicia.
No hay parche nuevo del sistema humano.
Dios no baja a hacer mantenimiento.
La discusión sobre la migración sigue siendo la misma.
Los políticos siguen robando.
El tráfico sigue ganándole a cualquier promesa de orden.
Solo hay gente borracha abrazando promesas que mañana no recordará, y otras que ya saben que nada cambiará, pero celebran igual, por si acaso.
Porque el Año Nuevo no es una fecha.
Es un ritual de autoengaño colectivo, y eso —hay que admitirlo— une mucho.
Nos gusta pensar que algo externo va a hacer el trabajo interno.
Que el calendario hará lo que nosotros no queremos hacer: cambiar.
El año viejo no se va.
Se queda en forma de hábitos, excusas y decisiones postergadas.
Y el año nuevo no llega limpio:
llega con nosotros adentro, con nuestras ganas, nuestros miedos y ese optimismo frágil que solo aparece cuando hay brindis.
Pero tal vez ahí está lo hermoso.
Aunque el mundo no cambie de golpe, nosotros podemos cambiar de intención.
Aunque sea por un rato.
Aunque sea borrachos.
Así que brindemos.
No porque el año vaya a ser distinto, sino porque seguimos teniendo esa extraña capacidad humana de celebrar lo absurdo y apostar una vez más por la esperanza.
¡Feliz año!

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