Dicen que uno empieza grande cuando se cree grande.
Yo, en cambio, empecé grande cuando decidí perseguir mi futuro… en skateboard.
Porque no hay rito de iniciación más limeño que lanzarse por toda Juan de Arona en skateboard, a toda velocidad, sintiendo que la ciudad es pista libre y uno es dueño del mundo.
Ahí iba yo, hacia mis primeros días de trabajo rumbo a Publicitas IMMA, sin currículum que impresione, pero con entusiasmo suficiente y a toda velocidad.
Ímpetu, adrenalina, emoción pura:
mis primeros días en IMMA, mi primera agencia, mi primera puerta al oficio.
Y con la guía de Silvia Dammert —una maestra como pocas— entendí que llegaba al mejor lugar posible para aprender el arte de pensar ideas.
Vivía relativamente cerca y eso me permitió recursearme la movilidad perfecta:
el skateboard como vehículo oficial de practicante.
Y mi estrategia —porque antes de saber que sería estratega ya planeaba como uno— consistía en estudiar semáforos para evitar el tráfico y tener pista libre para mí solo.
Una vez en rojo, contaba 20 segundos y salía a toda velocidad para coincidir en verde con los semáforos siguientes.
Si la calle se alineaba veía el destino abrirse como el Mar Rojo de Moisés,
pero sin micros, sin combis, sin nada que me cortara esa arrogancia hermosa del que aún no teme al asfalto ni a la vida.
Skateboard vibrando.
Yo, eufórico.
El futuro, ahí adelante, sin certificado médico.
Las Camellias, Villarán, Petit Thouars, Arequipa: cada cruce una ruleta rusa sin balas, solo claxones,
solo viento, solo esa adrenalina juvenil que te convence de que eres invencible y que tu mamá jamás sabrá la verdad de ese trayecto suicida-heroico.
Y cruzaba.
Y seguía.
Y la ciudad, como cómplice, me daba verde, verde, verde,como si Lima me guiñara el ojo diciendo
pasa nomás, publicista en potencia, hoy la pista es tuya.
Como si el destino supiera que ahí, entre ruedas y veredas,
se estaba firmando un contrato invisible con mi futuro.
Hoy, años después, mirar ese recorrido parece ciencia ficción.
Juan de Arona ya no perdona,
los carros ya no conversan,
y la suerte ya no se regala así nomás.
Pero qué entrañable es volver mentalmente a ese yo joven, ligero, desfachatado y feliz.
Que llegué a mi primer trabajo no caminando, sino derrapando
como quien sabe —sin saberlo— que la vida sería creatividad y puro riesgo
Moraleja con casco opcional:
A veces —solo a veces— la ciudad te da luz verde para recordarte
que la vida es como un skateboard:
se avanza con equilibrio, velocidad y fe en el asfalto.

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