Estábamos en la falda del Kilimanjaro, en África.
Ese lugar donde la naturaleza no tiene filtros de Instagram y los animales te miran como si tú fueras el espécimen exótico.
Después de haber recorrido la sabana y visto toda clase de animales, era hora de almorzar.
Nuestros guías habían preparado una mesa espectacular, perfectamente vestida en medio del paisaje:
mantel blanco, comida exquisita, copas de vino, con una elegancia europea completamente fuera de contexto mientras, detrás, las cebras pasaban haciendo casting para Animal Planet.
Comíamos como reyes coloniales
hasta que la sabana parpadeó.
Un jeep cruzó frente a nosotros.
Mi esposa —dotada de ese radar genético que permite reconocer a un peruano a 300 metros—susurró:
—Son peruanos.
Y ahí estaba.
La camiseta de Perú
La sagrada.
La rojiblanca.
La tela que convierte a cualquier desconocido en primo segundo.
Nos paramos como si hubiéramos visto a la Virgen en versión safari.
—¡¡ARRIBA PERÚ!!
Ellos respondieron con la misma emoción.
Brazos arriba.
Sonrisas abiertas.
Éramos una sola especie.
Una sola manada.
Una sola patria migrante en territorio de jirafas.
Durante unos segundos
no hubo razas,
no hubo fronteras,
no hubo depredadores.
Solo peruanos en África,
hermanados por la distancia.
Y entonces —como en toda tragedia griega— apareció el exceso de confianza.
Yo, poseído por el espíritu del folclore futbolero y la serenidad de quien viene de una temporada de abundancia, de ser tricampeón del fútbol peruano y
de quien pasta tranquilo porque el pasto sobra y los trofeos todavía están tibios grité :
—Y DALE U.
La transformación fue inmediata.
Más rápida que un guepardo.
Las sonrisas enseñaron dientes.
Los ojos se inyectaron de sangre.
La fraternidad se convirtió en territorio.
Y desde el jeep llegó el rugido:
—¡¡CALLA, CONCHA TU MADRE!!
—¡¡ARRIBA ALIANZA!!
No era un grito cualquiera.
Era el rugido de una fiera herida desde hace muchos años,
defendiendo el último charco en temporada seca, de esa furia antigua que la naturaleza nunca olvida
y que estalla cuando se siente acorralada.
Las palabras duraron poco.
Bastó el primer insulto para que todo se acelerara.
Apareció el idioma de la tribuna:
pechos golpeados marcando escudos invisibles,brazos reclamando territorio y esa afirmación de identidad, esa forma tan nuestra de defender el honor
sujetándolo con ambas manos,
una exhibición de autoestima que se sostiene sin traducción.
Los dedos lanzaban mensajes mínimos y demoledores,
un sistema de signos aprendido sin escuela y ejecutado a una velocidad que no registra la razón.
La sabana entendió:
el ser humano también tiene su versión en estado salvaje.
Porque el clásico no se juega en la cancha:
se juega en el ADN.
El jeep arrancó con furia,
levantando una nube de polvo
como un animal herido
que necesita correr para no aceptar su propia realidad, rugiendo, como si toda la sabana fuera su tribuna.
Se fue sacudiendo el aire,
dejando atrás el olor agrio de la batalla y esa vibración incómoda
que queda cuando la civilización se rompe.
Habíamos pasado
de embajadores del Perú
a barras bravas enfrentadas.
El silencio volvió despacio.
Nos sentamos otra vez.
Masticando con esa calma
con la que los depredadores satisfechos ven alejarse a los que todavía están peleando por comida.
Y fue ahí que entendí la verdadera lección del safari:
en África la naturaleza tiene reglas claras.
Las especies incompatibles
comparten el mismo charco de agua.
El león mata para comer.
La hiena roba para sobrevivir.
El buitre espera.
Nosotros no.
A nosotros nos basta una camiseta
para convertir el paraíso en territorio hostil.
Porque el único animal
que mata por recuerdos
no aparece en National Geographic.
Aparece donde la pasión y la historia se encuentran.

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