Notas que no se escriben.

En los años que he vivido en el IPP como docente, he visto de todo.

Genios que se perdieron.

Aplicados que nunca despegaron.

Y talentos que, sin pedir permiso, ya venían hechos.

Un día entró al salón un alumno con la mano enyesada, lo que no le permitía tomar apuntes.

Es cierto. Pero tampoco llevaba cuaderno y su actitud era sumamente relajada.

Escuchaba con atención y ya dejaba claro cuál era su estilo.

No escribía una sola línea.

Solo me miraba fijo, como si estuviera absorbiendo cada palabra sin necesidad de escribirla.

—Todo queda acá, profe —me dijo, tocándose la cabeza—. No necesito cuaderno.

Esa actitud no era soberbia.

Era un presagio.

Se llamaba Carlos Augusto Chávez, más conocido como “Chaveta”.

Cantaba en una banda tributo a The Doors llamada Back Door Men, y además tocaba el bajo en un grupo que le rendía tributo a mi grupo favorito: AC/DC.

Tiempo después me enteré de que ese proyecto tributo había tomado un nombre simplemente espectacular:

Crazy Dizzy.

No solamente por “locos”, sino porque Crazy Dizzy, dicho en voz alta, calza fonéticamente como un riff bien armado.

Un tributo, no una copia.

Ingenio puro desde el nombre.

Pasaron más de veinte años.

Muchos más.

Y ya sabemos lo que suele pasar con los años:

las bandas se disuelven,

los egos se inflan,

los proyectos se apagan.

Carlos Augusto no.

Siguió.

Al igual que nuestra amistad.

Y como siempre,

me volvió a invitar a uno de sus tantos conciertos:

un concierto de Crazy Dizzy, al que accedí inmediatamente.

No encontré nostalgia.

Encontré oficio.

La banda:

un bajo demoledor (Carlos Augusto, claro), una guitarra quirúrgica (Coky Tramontana, qué crack), un sonido que no pide permiso ni disculpas.

Y la voz:

muy parecida a la de Bon Scott, con un tremendo registro.

Terminado el concierto, ingreso al backstage para felicitar al grupo.

Me acerco al vocalista y le digo con total honestidad:

—Oye, compadre, qué bien estás cantando.

El vocalista me mira, frunce los ojos y dispara:

—Oye… yo a ti te conozco.

Claro que sí.

Años atrás, en Peñascal, San Bartolo, cuando Crazy Dizzy recién daba batalla, Carlos Augusto —mi alumno, siempre agradecido y sabiendo que a mí me gustaba AC/DC y que me gustaba cantar—me invitó al escenario para interpretar TNT, una de mis canciones preferidas.

El vocalista me permitió cantar junto a él…pero nunca me soltó el micrófono.

Con miedo —muy legítimo— de que le fuera a robar la escena.

Hoy se lo recuerdo.

Y se mata de risa.

Porque el tiempo pasa, pero las anécdotas siguen sonando.

Y el talento, cuando es real, mejora.

Este texto —y el video que lo acompaña— no es nostalgia.

Es prueba.

Prueba de que hay grupos que no viven del recuerdo, sino del ensayo, del oficio y del respeto por la música.

Esto es un tributo. A una banda que suena como debe sonar.

A un alumno que nunca necesitó cuaderno.

Y a un nombre perfecto:

Crazy Dizzy.

Dale click y disfrútalos!


Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *