En el Calderón de la Bruja pasan cosas extrañas.
A veces hierven historias de Bali sin inodoro. Otras aparecen publicistas que, en plena presentación de Pepsi, mencionan Coca-Cola y sobreviven para contarlo.
También han salido leones que rugen demasiado cerca en medio de un safari, barras bravas que se encuentran donde no deberían, bolas de golf que te caen directo al pecho, montañas rusas que te recuerdan que la gravedad no siempre está de tu lado.
Cruces de hueso que el tiempo se niega a borrar, presidentes que aparecen y desaparecen como si fueran trucos de magia, historias que avanzan en skateboard, y hasta el tráfico de Lima… que por sí solo ya podría protagonizar una trilogía de terror psicológico.
El caldero suele ser generoso.
Pero hoy…
Nada.
El caldero parece estar vacío y este blog existe una regla sagrada: los lunes se publica.
Los lunes el Calderón hierve.
Pero hoy no.
Hoy simplemente no apareció nada.
Ni una idea.
Ni una historia.
Ni siquiera una anécdota pequeña que mereciera caer dentro del caldero.
Y entonces entendí el problema.
Durante años el Calderón de la Bruja ha estado produciendo historias como una fábrica clandestina de ideas. Pero nadie se ha preguntado algo fundamental: ¿Quién alimenta al caldero?
Porque el caldero no se llena solo.
Se llena de viajes.
De amigos.
De errores.
De conversaciones absurdas.
De lunes inspirados…
y también de lunes como este.
Lunes en los que la Bruja se queda mirando el fondo del recipiente esperando que aparezca algo.
Y hoy, aparentemente, lo único que tenía para echarle al caldero… era este momento exacto en el que no tenía nada que contar.
Así que hice lo único sensato.
Lo publiqué.
Porque si algo he aprendido escribiendo en este blog es que las mejores historias no siempre nacen de grandes aventuras.
A veces nacen de algo mucho más simple.
De un lunes.
De un caldero vacío.
Y de una Bruja que, en lugar de quedarse callada… decide contar cómo demonios terminó escribiendo un cuento sobre no tener ningún cuento.
Pero antes de cerrar el caldero por hoy, pasó algo curioso.
Después de buscar historias por todos lados, después de esperar que apareciera una idea, después de mirar el fondo del caldero esperando que algo hirviera… apareció algo.
No era una aventura.
No era un recuerdo.
Ni siquiera una anécdota.
Era otra cosa.
Gratitud.
Porque este pequeño ritual de los lunes existe por una razón muy simple: hay gente que me lee.
Gente que comenta.
Gente que aparece por aquí cada semana esperando ver qué salió del caldero.
Y eso, créanme, no es poca cosa.
De hecho, pensándolo bien, tal vez ahí estaba el verdadero combustible de todo este asunto.
Porque un caldero puede tener historias, viajes, accidentes con bolas de golf o encuentros improbables con barras bravas… pero si nadie se acerca a ver qué está hirviendo dentro, el fuego tarde o temprano se apaga.
Y en este pequeño rincón pasa exactamente lo contrario.
Cada comentario, cada mensaje, cada persona que se toma el tiempo de leer lo que sale del Calderón… termina siendo un pequeño leño más para el fuego.
Así que tal vez este lunes el caldero parecía vacío.
Pero no lo estaba tanto.
Porque al fondo había algo mucho más importante que una historia.
Había una razón para seguir escribiendo.
Así que tal vez este lunes no tocaba contar una historia.
Tal vez este lunes… tocaba agradecer.
Y de paso recordar algo importante: que el fuego que mantiene hirviendo este caldero no sale solo de la bruja… también viene de todos los que se acercan cada lunes a ver qué demonios salió esta vez.
Moraleja del Calderón:
El día que el caldero parezca vacío, recuerda algo:
las historias salen de la bruja…
pero el fuego lo encienden
los que se acercan a leerlas.

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