Examen de conciencia. (Años después…)

En el colegio nunca fui un alumno brillante.

Tampoco opaco.

Era promedio.

Ese territorio gris donde nunca destaqué en notas.

Tampoco dejé huella académica, pero sí algo mejor.

Huella en mis amigos.

Y quizás por eso mismo, desde entonces entendí dónde estaba mi talento y dónde no.

Porque si algo tenía claro en el colegio, era que los números no me querían.

Y yo a ellos, tampoco.

Mi mundo eran las letras, las historias, las excusas bien contadas.

Matemática, Física y Química eran territorios hostiles, un campo minado por el que avanzaba con miedo, como quien cruza tierra enemiga sabiendo que en cualquier paso puede volar por los aires.

En ese año apareció el profesor Baiocchi, serio, astuto, sarcástico, muy hábil.

De esos que entran al salón y en pocos minutos ya sabía quién volaba alto,

quién cumplía sin destacar y quién simplemente hacía lo posible por no caer.

Conocía a cada uno. Sabía perfectamente quién era quién.

Por eso su especialidad eran los exámenes tipo A y B, diseñados para que nadie pudiera copiarse del que estaba a su costado.

Yo me sentaba en primera fila.

Lugar privilegiado… o peligroso.

Dependía del nivel de fe.

El colegio era religioso. María Reina.

Y aunque hablábamos de valores y rezos, las tentaciones estaban a la orden del día.

Sobre todo cuando tenías delante un examen y la urgente necesidad de aprobar aquello en lo que nunca destacabas, y la posibilidad —por única vez—de derrotar al enemigo de siempre.

La llegada del profesor al salón era siempre igual.

Exacta. Metódica.

Entraba, saludaba, dejaba los exámenes sobre el escritorio y recién entonces nos hacía rezar.

Un Padre Nuestro antes del sacrificio.

Ese día, mientras Baiocchi dejaba los exámenes sobre su mesa y se volteaba para cerrar la puerta, ocurrió lo impensable.

¡ZAS!

Mano rápida.

Examen A encuentra refugio en mi carpeta.

El profesor siente algo raro.

Mira los exámenes. Sospecha.

Los voltea boca abajo para que “nadie vea”.

Yo espero.

Alumno ejemplar.

Se vuelve a voltear.

¡ZAS!

Examen B también a mi poder.

Tenía los dos.

Como quien roba la respuesta del universo y el manual para usarla.

Rezamos.

Baiocchi se va (era tutor).

Y yo entrego el botín a Talía.

Talía no solo era la más inteligente del salón.

También era bella.

De esas bellezas que no intimidan, que iluminan.

Cerebro afilado, mirada azul, y una elegancia natural que hacía que todo pareciera fácil.

Yo la hice cómplice.

No por maldad de ella,

sino por bondad.

No pudo decirme que no.

Y esa es una carga que también me pertenece.

Talía resolvió ambos exámenes con la tranquilidad de quien entiende el mundo.

Este texto también es para agradecerle eso.

Y todo lo demás.

Ella los resolvió impecables.

Yo los pasé a limpio con mi letra, con devoción, como quien copia los evangelios sin creer del todo en ellos.

Llegó la hora del examen.

Baiocchi reparte.

A mí me toca el B.

Mientras camina por el salón, ejecuto el cambio de manos más elegante de mi adolescencia:

escondo el examen nuevo y saco el mío, ya resuelto.

Actúo.

Pienso.

Miro al techo.

Suspiro.

Me aburro.

Y cometo mi primer error mortal:

entrego primero.

El profesor me mira con esa cara que dice:

“Para variar, MacLean entregando en blanco”.

Empieza a corregir.

Check.

Check.

Check.

Levanta la ceja.

Otro check.

Y otro.

Me mira.

Sigue corrigiendo.

Check tras check.

Al final:

20.

—MacLean, tienes 20.

Yo sonrío.

Con ese descaro juvenil que solo se tiene antes de entender la vergüenza.

—Párate.

Aquí se acabó todo, pensé.

—Ven.

Camino como quien va a su ejecución pública.

Me mira fijo.

—Tienes 20.

—Acércate más.

Y entonces…

me abrazó.

Se volteó al salón y dijo:

—Este es un claro ejemplo de que cuando alguien quiere, puede.

Todo el salón me miraba.

Cómplices.

Beneficiados.

Silenciosos.

Porque sí: después compartí el examen y todos aprobaron.

Nadie sacó 20.

Yo sí. El descarado.

Ese día aprendí varias cosas:

que la astucia a veces gana,

que el éxito injusto pesa,

y que no hay castigo más cruel que un elogio inmerecido.

Nunca volví a hacer algo así.

No por miedo a la sanción.

No por temor a la nota.

Nunca volví a hacerlo porque ese abrazo me marcó.

Ese gesto amable se convirtió en una herida.

Una herida silenciosa que quedó ahí,

abierta primero,

y que con los años fue cicatrizando…

pero sin desaparecer del todo.

Como si sus manos, al rodearme, hubieran dejado una marca invisible,

una cicatriz que nadie ve pero que yo sigo sintiendo.

Porque hay abrazos que pesan más que una mala nota.

Y profesores que, sin saberlo,

te enseñan una lección que no estaba en el curso.

Y aprendí quizás demasiado tarde

que no todo lo que se aprueba se merece,

y que hay triunfos que, aunque brillen, huelen a culpa durante años.

Por eso escribo esto hoy.

Como un descargo tardío.

Como una disculpa pública.

Lo que empezó como una palomillada adolescente

abrió una herida.

Con los años cicatrizó,

pero la marca sigue ahí.

No por la nota,

sino por el abrazo.

Este texto no borra el engaño, pero al menos lo nombra.

Y a veces, pedir perdón —aunque sea tarde—

es la única forma honesta de cerrar un examen pendiente.


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Comentarios

13 respuestas a «Examen de conciencia. (Años después…)»

  1. Avatar de José Antonio Guinea
    José Antonio Guinea

    Hermosa historia, Christian; debo confesar que, hasta me dieron ganas de derramar unas lágrimas. Gran aprendizaje de vida. Felices fiestas. Fuerte abrazo!!!

  2. Avatar de Elizabeth
    Elizabeth

    Seguro tu profe sabía que tu 20 era trucho, igual te enseñó la mejor lección bien jugado.

  3. Avatar de Maria Amelia Mac-Lean Herrera
    Maria Amelia Mac-Lean Herrera

    Buena lección, que buen relato primo felicitaciones !

  4. Avatar de Patricia Descailleaux
    Patricia Descailleaux

    Perfecta edición, parece que fué ayer que compartimos juntos las mismas experiencias ! 😉

  5. Avatar de Manuel Nieto Courrejolles

    Nunca es tarde para descargar la conciencia, menos para reconocer los errores.
    Felicitaciones Christian por tu valiente testimonio, sin duda, queda la lección aprendida.
    Tienes un 20.. !!

  6. Avatar de Hugo A. Carrillo
    Hugo A. Carrillo

    Querido Christian pedir perdón por los errores o “ maldades” cometidos en vida es muy importante. Es posible que ese profesor supiera que tú habías copiado, pero su nobleza quizás o como dices “ no se dio cuenta” o supo que necesitabas esa calificación para aprobar el curso …. Finalmente, quien te va a juzgar es Dios, ya sea por tus omisiones , pecadillos , malas acciones ,etc en la tierra. Dios te bendiga . Te deseo una hermosa Navidad y sigue escribiendo y algún día espero publiques tus memorias ….No te detengas ! Abrazos

  7. Avatar de Milagros
    Milagros

    Este relato merece un 20 real !!!
    No pude evitar la lágrima.
    Qué lindo escribes !
    Estoy esperando tu libro de memorias.
    No dejes de hacerlo !
    Todo mi cariño siempre.

    1. Avatar de MacLean Christian

      Gracias querida Milagros!

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