El pelícano contra el engrudo.

Hay dos maneras de decir que uno quiere a la naturaleza.

Una es pegando carteles con engrudo en las paredes.

La otra es recoger lo que el mar devuelve…

y convertirlo en algo que valga la pena.

El lunes pasado escribí sobre la primera.

Sobre un candidato verde.

Verde de discurso.

Verde de camiseta.

Verde de afiche.

Un candidato que, en su entusiasmo ecológico, decidió pegar su cara con engrudo en cuanta pared encontró a su paso.

Incluso cerca de los Pantanos de Villa, donde la naturaleza no necesita propaganda… sino respeto.

El engrudo, como se sabe, tiene esa extraña vocación política: pega rápido, ensucia fácil y dura poco.

Pero hoy quiero hablar de otro verde.

Uno que no se pega.

Se construye.

Lo vi en San Bartolo, frente al mar.

Un joven escultor llamado Emilio Longhi estaba armando algo que, al principio, parecía un montón de maderas viejas: tablones desgastados, restos de pintura azul, verde, rojo… pedazos de lo que alguna vez fueron botes, muelles o quién sabe qué historias marinas.

Madera que el mar devolvió.

Porque el mar, como los gatos y los dioses antiguos, siempre devuelve lo que no le pertenece.

Con paciencia de carpintero y mirada de poeta, Longhi fue ensamblando esos restos como si estuviera armando un rompecabezas que el océano había desarmado durante años.

Y entonces apareció.

Un pelícano.

No un pelícano cualquiera, sino uno hecho de memoria marina:

de tablas cansadas, de pintura salada, de madera que ya había vivido otra vida antes de convertirse en ave.

Un pelícano construido con lo que otros habían dejado atrás.

Un pelícano que ahora será donado a San Bartolo y colocado en su entrada, como una especie de guardián del mar.

Mientras algunos creen que defender la naturaleza es pegar su cara en las paredes, hay quienes la honran recogiendo lo que el mar devuelve.

Unos dejan basura visual.

Otros dejan arte…

y lo regalan a la gente

y al lugar que lo inspiró.

Y así, sin discursos, sin slogans y sin engrudo, este escultor ha logrado algo curioso:

convertir desperdicio en belleza.

No sé si el candidato verde entienda la diferencia.

Pero el pelícano sí.

Porque el mar reconoce a los suyos.

Y al engrudo… tarde o temprano…

la lluvia siempre se lo lleva. 


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