Cada época electoral aparece una fauna particularmente invasiva:
el afiche político urbano.
No tiene depredadores naturales, se reproduce por miles y suele adherirse a todo lo que tenga superficie vertical: postes, muros, puentes… y, si uno se descuida, perfectamente podría despertar con un afiche pegado en la espalda.
Pero este año apareció una subespecie mortal.
El “candidato verde”.
Verde por fuera, claro.
Porque por dentro parece estar hecho de cola sintética, papel couché y un entusiasmo feroz por decorar pantanos.
Uno pensaría que alguien que predica amor por la naturaleza tendría cierta delicadeza con lugares como los Pantanos de Villa, ese raro milagro limeño donde todavía sobreviven aves, juncos y silencio.
Pero no.
Nuestro prócer de la clorofila decidió que nada honra más a la naturaleza que empapelar el humedal con su propia cara.
Miles de afiches.
Un festival botánico de papel.
Una especie de deforestación al revés:
en vez de talar árboles, los pega en las paredes.
El problema de algunos políticos es que confunden lo verde con lo inmaduro.
Porque amar la naturaleza no es decorarla con propaganda.
Ni mucho menos convertir un santuario ecológico en panel publicitario.
Pero tal vez estoy siendo injusto.
Quizá no era propaganda.
Quizá el candidato solo estaba intentando que las aves migratorias tengan algo realmente aterrador que ver desde el aire.
Una especie de espantapájaros electoral.
Y debo admitir que funciona.
Porque cada vez que paso por ahí y veo su cara multiplicada entre los juncos, pienso lo mismo:
Ha conseguido un milagro ecológico.
Ha logrado que en los pantanos crezca algo que nunca había crecido ahí:
basura electoral en estado silvestre.
Lo verdaderamente indignante es que esta especie tiene otra “cualidad biológica” extraordinaria:
la permanencia.
Los candidatos desaparecen después de las elecciones.
Las promesas también.
Pero los afiches… no.
Se quedan ahí como fósiles de papel, pegados al paisaje durante meses, a veces años, como si alguien creyera seriamente que, con suficiente sol y humedad, de pronto fueran a germinar votos.
Quizá algún día la naturaleza haga su trabajo.
El papel se pudrirá.
La tinta se borrará.
El engrudo se caerá.
Porque lo único que parece no existir en este ecosistema electoral
es la vergüenza del que los pegó.
Y como ocurre con toda especie invasora, tarde o temprano aparece la pregunta inevitable: ¿quién controla la plaga?
En la naturaleza existen soluciones.
Se llaman control biológico, erradicación… o, en casos extremos, fumigación.
No con químicos, claro.
Basta algo mucho más simple y mucho más efectivo:
no reproducir la especie en las urnas.
Porque hay plagas que solo desaparecen cuando la ciudadanía decide
no seguir alimentándolas.

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