Siempre voy al sur.
Y como buen publicista, no puedo evitar mirar los paneles.
Es una especie de enfermedad profesional: veo uno bueno y lo aplaudo en silencio, veo uno malo y lo corrijo mentalmente…y cuando veo uno muy polémico, sonrío. Porque sé que algo va a salir de ahí.
Hay de todo en la carretera: promesas inmobiliarias que venden arena con vista al futuro, lotes “exclusivos” donde lo único que abunda es el entusiasmo del vendedor, y bronceadores que te prometen protegerte del sol… mientras el sol, allá arriba, sigue haciendo su trabajo sin pedir permiso.
Pero ese día vi algo distinto.
Un panel enorme.
Imposible de ignorar.
Personas de talla grande —porque ahora uno ya no describe, interpreta con cuidado—. Y un titular que decía, con tono casi autoritario, como si viniera con multa incluida:
“No se habla de cuerpos.”
Y ahí, justo ahí… empezó la conversación.
Porque yo no venía hablando de cuerpos.
Ni pensando en cuerpos.
Ni analizando cuerpos.
Venía manejando. Como cualquier mortal.
Pero bastó que alguien, con presupuesto y vía pública, decidiera decirme de qué no debía hablar… para que, inevitablemente, empezara a hacerlo.
Curioso, ¿no?
En publicidad, lo que nombras, existe.
Y lo que prohíbes… se vuelve tema.
Hay algo básico en psicología: cuando te dicen “no hagas esto”, lo primero que quieres hacer es exactamente eso.
No es rebeldía, es reflejo.
Es como cuando alguien te dice “no mires”…
y automáticamente ya estás mirando.
Porque prohibir no elimina el foco…
lo ilumina.
Y eso fue exactamente lo que pasó.
Una campaña que pedía silencio…terminó generando ruido.
La gente comentando.
Opinando.
Aplaudiendo.
Indignándose.
Debatiendo.
Hablando de cuerpos… gracias a un mensaje que pedía no hacerlo.
Y entonces entendí que el problema no era el objetivo.
El objetivo era noble.
De esos que vienen con aplauso automático… y jurado en festival.
El problema era otro.
Porque cuando una marca te dice “no hables de…”, en realidad ya empezó la conversación.
Y casi siempre… en el lugar equivocado.
¿Por qué imponer silencio cuando puedes cambiar la conversación?
¿Por qué no hacer el mensaje más potente?
No desde el “no hables”, sino desde el “mira mejor”.
“No soy un cuerpo, soy historia.”
“Lo que ves es lo menos interesante de mí.”
Porque el valor no se mide en tallas.
El problema nunca fue el cuerpo.
Fue siempre la mirada.
Pero ese día entendí algo más simple.
Yo no venía hablando de cuerpos.
Ni siquiera estaba pensando en ellos.
Hasta que alguien decidió recordármelos… en tamaño gigante.
Y ahí está el problema.
No me pediste que deje de mirar.
Me diste algo que mirar… y me dijiste cómo no hacerlo.
Me llevaste al tema…
y después me pediste que me calle.
Y eso no es inclusión.
Es una contradicción con presupuesto.
Pero claro… eso exige algo más incómodo que prohibir.
Pensar.
Y pensar…
no siempre gana premios.

Deja una respuesta