Cuando fallar es parte del plan.

Todo empezó cuando fui elegido como miembro de mesa para estas últimas elecciones. 

Recibí una invitación de la OMPE para una capacitación y, como buen ciudadano, la acepté y fui, inocente, como quien entra a un casting sin saber que la película es de terror.

La persona que nos capacitaba era un alma noble, de esas que te inspiran ternura y preocupación al mismo tiempo. Buena gente, sí. Pero responder preguntas incómodas no era precisamente su disciplina olímpica.

Entonces levanté la mano.

—Disculpa… ¿y esta computadora con impresora?

Silencio. Respiración leve.

—Es para modernizar el proceso.

—Ajá… ¿y si se va el internet?

Ahí fue cuando vi el primer acto de magia. 

“No, no usan internet. Todo se guarda en la computadora. Luego se extrae un USB. Ese USB viaja. Ese USB llega. Ese USB… decide el destino de la patria”.

En ese momento no escuché más. Solo vi un USB caminando solo por la ciudad, tomando taxi, pasando por bolsillos ajenos, haciendo turismo electoral. Un pendrive con más aventuras que mochilero europeo.

—Interesante —dije—. O sea que el futuro del país cabe en un aparatito… en lugar de un sistema donde los resultados se registren en tiempo real y sin espacio para reinterpretaciones.

Sonrieron. Yo no.

Segunda pregunta, ya con menos fe en la humanidad:

—¿Y si se malogra la impresora?

—No se malogra.

Esa respuesta fue maravillosa. No técnica. No lógica. No probable. Simplemente… no se malogra. Como si la impresora hubiera firmado un pacto de lealtad con la democracia.

Hoy, día de elecciones, antes de ir a votar, veo las noticias.

Las computadoras no funcionan.

Las impresoras tampoco.

No llegaron los planillones.

Las mesas se cerraron antes de tiempo.

Y todo fue un desastre… con una puntualidad digna de aplauso.

Y ahí entendí todo.

No estamos frente a un sistema mal diseñado.

No estamos frente a un error humano.

Estamos frente a una obra de arte.

Esto no es improvisación.

Esto es coreografía.

Porque cuando todo falla al mismo tiempo, ya no es coincidencia… es sincronización.

Una especie de performance electoral donde cada elemento cumple su rol:

la computadora que no prende,

la impresora que medita en silencio,

y el USB… ese pequeño Indiana Jones que recorrerá el país con más historia que transparencia.

Y uno ahí, ciudadano ejemplar, con su DNI en mano, sintiendo que participa en una elección… cuando en realidad está asistiendo a un ensayo general.

Porque no es que las elecciones estén mal planteadas.

No.

Es que el fraude está maravillosamente bien producido.

Uno podría pensar que fue simplemente un proceso mal hecho.

Aunque, viéndolo bien, hay cosas que cuando salen tan mal… empiezan a parecer sospechosamente bien hechas.

Con utilería, con efectos especiales

y con un guion tan sólido

que ni la impresora se atreve a imprimirlo.

Bienvenidos a la democracia versión beta.

Donde nada funciona…

pero todo ya estaba previsto.

Son las seis y media de la tarde y ya circulan decenas de resultados distintos. Unos favorecen a un candidato, otros a otro. No hay un ganador claro… pero sí hay algo clarísimo: gente que no pudo votar.

Y entonces uno entiende que la incertidumbre no es un error… es parte del diseño.

Porque cuando todo falla, cuando todo se contradice y cuando nadie puede verificar nada con certeza, ya no estamos hablando de desorden.

Mañana, cuando aparezca un resultado “definitivo”, muchos lo celebrarán como el cierre de un proceso democrático.

Pero algunos sabremos que no fue un desenlace…

fue simplemente la última escena de algo que ya estaba escrito.

De un proceso mal hecho…

pero de un fraude perfectamente bien hecho.

Y yo, por mi parte, prefiero no quedarme esperando los resultados “definitivos”.

Mañana será otro capítulo.

Así que mejor me voy a dormir con una salsa en la cabeza:

Yo no sé mañana.

https://youtu.be/2PVi95J-FMo?si=HALldWJ8y7MekJjx


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