Teníamos planeado celebrar los 60 años de Elke en un lugar exótico.
Así que decidimos ir a Tanzania, de safari.
Nos instalamos en un campamento en medio de la sabana, bajo un cielo estrellado.
Plan perfecto para recibir su cumpleaños.
Solo había un detalle.
Yo tengo una costumbre que no se negocia:
siempre regalar flores a las mujeres que amo.
A mi madre, a mis hijas y, por supuesto, a Elke.
Pero en África, las flores no son precisamente parte del paisaje.
En Tanzania abundan las cebras, los elefantes y las jirafas…
pero encontrar una flor ahí es casi tan bravo como quitarle la presa a un león.
Le di una buena propina a un guía y le pedí que me consiguiera unas flores como sea.
Primero volvió con una planta rarísima, que servía para hacer ensalada, pero no para sorprender.
Aumenté la propina y le pedí que ese arreglo tuviera flores.
Y así lo hizo: volvió con un ramo auténtico, digno de cualquier floristería…
y una sonrisa de quien había sobrevivido a una aventura.
Las escondí debajo de la cama, esperando el amanecer.
La noche anterior, Elke insistía en dormir con la puerta de la carpa abierta.
Quería despertar viendo animales, decía.
Yo, en cambio, sabía lo imprudente que era.
Así que, por supuesto, no lo permití.
No iba a arriesgar que un visitante con colmillos viniera a desayunarnos.
A la mañana siguiente la desperté con las flores.
Su expresión fue maravillosa.
Una mezcla de sorpresa, ternura y alegría que justificaba todo el operativo floral.
Y cuando abrió la puerta para dejar entrar el sol…
ahí estaba.
Una jirafa.
Alta, elegante, mirando la carpa como si viniera a desearle feliz cumpleaños.

Elke se quedó inmóvil, maravillada.
No lo podía creer.
¿Cómo era posible que una jirafa estuviera ahí, con ella, en ese momento tan especial?
Y yo, con mi mejor cara de orgullo, solo atiné a decirle:
—¡Si supieras lo que me costó conseguirla!
Ambos reímos a carcajadas.
El sol se coló por la puerta abierta y la jirafa se perdió en el horizonte.
Hay momentos que parecen casualidad, pero en realidad son la forma en que el universo te guiña el ojo y se vuelve tu cómplice.
Porque cuando uno regala flores, siempre termina invocando algo más grande.
Y cuando la magia está bien intencionada, el destino siempre aparece, sellando el hechizo con un final digno de cuento.
FIN

Deja una respuesta