Crónica de una madera 7 anunciada

Todos los miércoles juego golf con mis amigos de la LIV, un grupo donde uno va a hacer deporte y termina haciendo sociología aplicada.

Salí del tee del hoyo uno con un tremendo drive de esos que justifican la cuota del club y te hacen caminar como si todavía fueras una promesa.

Le había sacado fácil unas veinticinco yardas a Salvador Carrillo, que quedó a la derecha.

Yo, confiado en la geometría y en la buena fe, me paré adelante, hacia la izquierda, en ese lugar donde uno cree que no estorba.

Salvador sacó la madera 7.

Estaba a doscientas yardas del hoyo.

Yo estaba a unas veinte yardas delante de él, completamente fuera de la jugada en mi cabeza y absolutamente dentro de la jugada en la realidad.

Golpea y en seguida vi su pelota salir enganchada y venir directamente hacia mí. Todo en 3D.

Mi cuerpo hizo un movimiento versión Matrix senior para esquivar la bola y aun así me impactó de lleno en el pecho.

No fue un golpe.

Fue un puñetazo de Tyson con logo de Titleist.

Me desplomé sobre el fairway con la elegancia de una maleta de palos cayendo en el pasto.

El dolor era serio, de esos que te hacen pensar en tu testamento y en si el seguro cubre ataques de madera 7.

Y entonces empezó lo verdaderamente interesante.

Salvador quedó petrificado, blanco, con la mirada del hombre que acaba de descubrir que un tiro con gancho también tiene consecuencias penales.

Carlos entró en modo enfermero emocional: me hablaba al oído, me abrazaba, me ofrecía agua como si estuviéramos cruzando el desierto.

Del grupo de atrás llegó el análisis táctico:

—Antes eran foursome… ahora serán threesome y jugarán más rápido.

Periódico…gritaban unos.

Y otro, fiel al ritmo de juego por encima de la condición humana, apuraba a los paramédicos que me atendían porque ya le tocaba pegar y estaba esperando mucho al accidentado.

Ahí entendí que la amistad en el golf tiene niveles: el que se asusta, el que te cuida, el que hace el chiste y el que calcula su turno y le importas un carajo.

Más tarde, en el hoyo 19, con hielo en mi pecho y en mi whisky, la tragedia se convirtió oficialmente en comedia, que es el único destino digno para un accidente que no prosperó.

Fue entonces cuando alguien contó que una vez le pegó a un ave en pleno vuelo. La pobre quedó en el campo, viva, pero con el ala rota. Y se armó el debate humanista:

—Hay que matarla para que no sufra.

El golf también sirve para discutir bioética.

Y en ese momento, sin ninguna transición moral, alguien dijo:

—Bueno… lo mismo con MacLean. Lo hubiéramos metido un fierrazo para que no sufra.

No recuerdo quién fue el primero en levantar el palo. Solo sé que por unos segundos todos evaluaron qué fierro era más efectivo para una eutanasia deportiva, y uno, con criterio técnico, preguntó si para el tiro de gracia se podía usar el putter.

Nunca me he sentido tan querido.

Porque esa es la forma que tiene este grupo de decirte que te quiere: simulando tu ejecución cuando ya saben que estás bien.

Nos reímos como hienas civilizadas. Sobre todo yo, que tenía la marca en el pecho y la certeza de que la pelota me había pasado a centímetros del corazón y a una distancia peligrosamente cercana de la cara.

Hoy es una anécdota. Por unos cuantos centímetros pudo ser un homenaje con minuto de silencio y mi foto enmarcada en el tee del uno, con flores que nadie regaría.

Pero en el fondo es lógico: en el golf, mientras sigas teniendo hándicap, sigues estando vivo.

Lo suficiente para que la pelota no te mate…

y terminar muriéndote de risa en el hoyo 19.

Por ahí también alguien se atrevió a redactar mi posible epitafio:

“Aquí yace la Bruja MacLean. Aguantó muchos golpes en la vida… menos el de una madera 7.”


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