Antivirus municipal contra la suciedad cultural.

Cerraron la Playa AguaDulce.

Clausurada.

Con candado moral y todo.

No por marea brava.

No por la furia de Poseidón.

No por un fenómeno de El Niño, que ya está grandazo.

La cerraron por nosotros.

Por cochinos.

Y debo decirlo sin bloqueador emocional:

me parece una medida extraordinaria.

Porque el peruano —ese ser capaz de llevar a la playa la despensa completa de Tottus, Metro y el mercado de la esquina— tiene una relación muy particular con la norma:

la considera una sugerencia literaria.

Antes funcionábamos con campañas.

Con comerciales.

Con el “toma conciencia”.

Hoy solo funcionamos con la palabra PROHIBIDO.

Con multas.

Con amenazas.

Por ejemplo, el cinturón de seguridad no nos educó.

Nos educó el “te paran”.

El semáforo no nos civilizó.

Nos civilizó el “te quitan puntos”.

No dejamos de manejar con trago por responsabilidad.

Lo dejamos porque el seguro no te cubre.

No aprendimos a respetar la ley.

Aprendimos a temer el trámite.

Ahí es cuando aquella idea —que alguna vez escuché deslizar a César Hildebrandt— encuentra su versión playera y municipal:

“El Perú necesita un dictador benévolo”

un padre severo con vocación municipal.

Uno que no dé discursos.

Uno que cierre playas.

Porque el peruano puede debatirlo todo:

la Constitución, el VAR, la receta del ceviche.

Pero hay algo que no puede discutir:

la reja.

La Playa Pescadores, antes de su clausura, era un documental gastronómico.

La gente no iba a bañarse.

Iba a almorzar con vista al mar:

ollas como si el verano fuera una mudanza,

pollos broaster con vocación de eternidad,

papas a la huancaína en formato catering,

pepas de mango y sandías abiertas como cirugía mayor,

y chelas en cantidad suficiente para negociar la paz mundial.

Y bueno, todo eso pasaba piola.

Pero lo que nunca estaba era el acto final de la obra:

llevarse lo que trajiste.

Porque aquí practicamos un realismo mágico ambiental:

dejamos la basura y confiamos en que desaparecerá por intervención divina o municipal.

Por eso el cierre o clausura es tan brillante.

No castiga el pasado.

Amenaza el futuro.

Y el peruano, cuando le tocan el verano, reflexiona.

Es en ese momento —mirando la playa cerrada como quien mira la puerta de una discoteca después de los treinta— que pensamos en los países donde nadie ensucia.

Y no es que ellos amen más la naturaleza.

Es que allá la amenaza está en el ADN del sistema.

En Singapur, por ejemplo, no botas basura no porque abraces árboles:

no botas basura porque quieres seguir caminando libremente por la calle, porque si no te meten preso al toque.

Y entonces entiendes que la civilización no es un valor moral.

Es un reflejo condicionado.

La playa cerrada es el mejor curso de ciudadanía que hemos tenido.

Un MBA en consecuencias.

Un posgrado en:

“Ah, era en serio.”

Nos duele no entrar.

No por amor al ecosistema.

Por FOMO veraniego.

Por la foto que no será.

Por el ceviche que ahora habrá que comer mirando cemento.

Y sin embargo —y aquí viene lo más peligroso que voy a decir—

ojalá la mantengan cerrada el tiempo suficiente.

El tiempo necesario para que entendamos que el espacio público no es un basurero.

El tiempo necesario para que descubramos que la libertad incluye recoger tu propia evidencia.

Y el día que la vuelvan a abrir, entraremos distintos.

No iluminados.

Pero entrenados.

Miraremos la arena como quien pisa un templo recién inaugurado.

Y antes de irnos, alguien —uno solo, el primer mutante cívico del país— dirá:

“Llévate la bolsa.”

Ese día no necesitaremos rejas.

Porque habremos instalado, por fin, el software de fábrica:

ese que no funciona con multas,

ni con campañas,

ni con discursos…

sino con una pequeña, poderosa y hasta ahora desconocida función:

el asco cívico.

https://www.infobae.com/peru/2026/02/15/cuatro-kilometros-de-la-playa-agua-dulce-permanecen-cerrados-con-rejas-y-militares-evitan-hoy-el-ingreso


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