El dragón del mar.

Nací en 1964, bajo el signo del Dragón del horóscopo chino.

Siempre me ha llamado la atención que, entre los doce animales del calendario haya uno que no existe. No es un animal real, sino una criatura inventada por el hombre. Una alucinada.

Y eso me gusta especialmente. Quizás porque, después de tantos años dedicado a la creatividad, tengo cierta debilidad por todo aquello que nace de la imaginación: inventar lo que no existe y conseguir que los demás lo crean.

Por eso siempre me gustaron los dragones. Tanto así que hace muchos años decidí tatuarme uno.

Pero mi fascinación tenía otra particularidad: el mar.

En la mitología japonesa existe Ryūjin (龍神), el Dios Dragón del Mar, una divinidad asociada al poder del océano y las mareas. Según la leyenda, poseía unas joyas mágicas con las que podía hacer subir y bajar el nivel del mar. Prácticamente, el dueño del interruptor de las mareas.

Era exactamente el tipo de dragón que quería llevar conmigo.

Lo que nunca imaginé era que algún día terminaría encontrándome con su historia en Miyakojima, una isla de Okinawa, Japón.

Y aquí viene lo curioso: hoy estoy precisamente en Okinawa, en Miyakojima, haciendo snorkeling en aguas transparentes, disfrutando de un mar extraordinario. Y mientras descubro la cultura y las antiguas tradiciones de estas islas, me encuentro con un dato que me llama poderosamente la atención.

La conexión entre Okinawa y el Dios Dragón no es solamente una cuestión de mitología japonesa. Está documentada.

Investigaciones sobre las creencias tradicionales de Okinawa señalan que el culto a Ryūjin se extendía por dos grandes áreas culturales, una de las cuales incluía precisamente las islas Miyako.

Sí, Miyako. Justamente donde estoy ahora, buceando.

Y ahí está la coincidencia que me resulta fascinante.

El dragón-Ryūjin que llevo tatuado es el mismo Dios Dragón que forma parte de antiguas creencias y tradiciones relacionadas con el océano, aquí, en esta lejana isla, uno de los lugares donde esa leyenda encontró su propio espacio dentro de la cultura y la espiritualidad del mar.

Y de pronto, todo adquiere otra dimensión.

Una cosa es llevar un dragón tatuado en la piel y conocer su historia. Otra muy distinta es estar aquí, en Miyakojima, flotando sobre sus aguas, sumergiéndome en el mar que forma parte de su antiguo mundo.

Es como si hubiera pasado toda la vida llevando conmigo a ese dragón para terminar encontrándome con él.

Yo creía que había venido a hacer snorkeling a Miyako. Pero ahora tengo la extraña sensación de que he venido a encontrarme con el mismísimo señor de los océanos.

Quizás el dragón no solo estaba en mi piel. Quizás, yo estaba destinado a terminar en la suya.

Porque hoy no solamente estoy nadando en sus aguas. Estoy entrando en las profundidades de una leyenda que llevo tatuada.


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