Actor de alto vuelo.

El golf y las aves tienen mucho en común.

Si haces un golpe menos que el par, haces un birdie, que en inglés significa pajarito.

Si haces dos golpes menos, el pajarito ya se convierte en águila.

Y si la cosa va mejor aún y haces tres golpes menos, se llama albatros.

Entre menos golpes das, más aves aparecen.

Cuestión de aves. 

Y quizá por eso me resulta tan natural mirar las aves cuando estoy jugando en Villa.

Porque Villa no es solamente un campo de golf. Es también un lugar privilegiado para las aves migratorias. Muchas llegan de paso, encuentran aquí las condiciones que necesitan y, en algún momento, toman una decisión bastante sensata:

“¿Para qué seguir migrando si acá estamos tan bien?”

Y se quedan.

Se convierten en residentes.

Tanto me llamó la atención esto que un día me puse a investigar y descubrí que en Villa había más de veinte especies de aves residentes.

Entonces pensé: ¿por qué no hacer que también formen parte del juego?

Así nació la idea de que cada hoyo tuviera el nombre de un ave. Que el jugador, además de encontrar el número del hoyo, el yardaje y la información necesaria para jugar, encontrara también una pequeña historia de las aves que viven en el club.

Un valor agregado a la señalética, pero de esos que no sirven solamente para señalizar.

Sirven para mirar.

Para aprender.

Para descubrir que mientras uno juega, también está jugando alrededor de una naturaleza extraordinaria.

Y quizá por eso me resulta tan natural mirar las aves cuando estoy jugando en Villa:

las gaviotas, las garzas, las águilas y los huerequeques.

Y hoy vi algo espectacular.

Estaba a punto de pegarle a la bola cuando escuché un ruido ensordecedor.

No era el clásico “¡Fore!” porque alguien había tirado una pelota peligrosa.

Era un pájaro.

Un escándalo.

Me acerqué para ver qué pasaba y entonces descubrí que había estado a punto de cometer una barbaridad: había apoyado el palo al lado de un nido de chorlito.

Y aquí viene algo alucinante: los chorlitos, los huereques y muchas otras aves no ponen sus huevos en los árboles.

Los ponen en el piso.

Tres huevitos ahí, prácticamente a la intemperie.

Y claro, si tus hijos están en el suelo, necesitas un mecanismo de defensa.

Y el chorlito tiene uno extraordinario.

Ahí empezó la función.

Porque el chorlito, al verme, entendió inmediatamente la situación.

Y decidió actuar.

Pero actuar de verdad.

Estaba herido.

Primero empezó a caminar cojo.

Después abrió las alas.

Pero no abrió las alas como quien quiere volar.

No.

Las abrió como si hubiera tenido un accidente terrible.

Parecía que había dado veinte vueltas de campana, perdido un ala, roto la otra y quedado absolutamente vulnerable.

Y ahí estaba el truco.

Porque cuando un depredador ve una criatura así, vulnerable, herida, aparentemente indefensa, piensa inmediatamente:

“Esta presa es mía.”

Y entonces ocurre algo genial: en lugar de quedarse mirando los huevos, el depredador empieza a mirar al herido.

El chorlito había conseguido exactamente lo que quería.

Había cambiado el foco.

Los huevos desaparecieron de la escena.

Ahora toda la atención estaba puesta en él.

Yo lo miraba.

Y él me miraba.

Bueno, probablemente no me miraba.

Pero yo sentía que me estaba diciendo:

—Ven. Mírame a mí. Los huevos no existen.

Y funcionó.

Porque la naturaleza, que no tiene Netflix, tiene otras formas de entretenerse.

El chorlito se alejó del nido.

Yo lo seguí.

Él caminaba como podía.

Yo avanzaba.

Él seguía cojeando.

Yo seguía detrás.

Y entonces entendí la genialidad del asunto.

El chorlito no estaba huyendo.

Me estaba dirigiendo.

Y ahí estaba su verdadera actuación: se mostraba vulnerable para que yo pensara que era una presa fácil. El depredador se acerca porque cree que tiene la presa servida, sin darse cuenta de que, en realidad, es la presa la que lo está llevando exactamente a donde quiere.

Era un actor.

Un actor sin escuela.

Sin director.

Sin representante.

Sin Instagram.

Y, sobre todo, sin haber tomado una sola clase de actuación.

Su personaje era “pájaro herido”.

Y lo interpretaba con una convicción que ya quisieran muchos actores.

Porque el depredador piensa:

“Ahí está. Está herido. Es una presa fácil”.

Y se acerca.

El chorlito sigue alejándose.

Diez metros.

Quince.

Veinte.

Hasta que considera que ya está suficientemente lejos de sus hijos.

Y entonces llega el gran final.

El momento de la verdad.

Cuando el depredador cree que finalmente lo tiene…

¡Fum!

El muerto resucita.

El inválido vuela.

El actor desaparece.

Y el chorlito vuelve a su nido.

Tres huevos.

Tres hijos.

Y una actuación digna de un Óscar que, por supuesto, la Academia jamás le dará.

Me quedé pensando en eso mientras volvía a mi bola.

Nosotros creemos que actuar es fingir.

El chorlito me enseñó que, a veces, actuar es hacer exactamente lo contrario:

hacerle creer al otro que eres lo que necesitas que crea.

Y mientras yo volvía a mi golpe, me quedé mirando al pequeño actor.

Pensé que quizá la naturaleza no necesita escuelas de actuación.

Hace millones de años que tiene sus propios guiones.

Y algunos actores, como este chorlito, llevan toda la vida interpretando el papel más difícil de todos:

el de parecer indefensos para proteger a los que aman.


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Comentarios

2 respuestas a «Actor de alto vuelo.»

  1. Avatar de Maria Amelia Mac-Lean Herrera
    Maria Amelia Mac-Lean Herrera

    Que lindo , me encanto primo, abrazo ‼️

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