Durante siglos hemos sobrevivido a las plagas.
La humanidad ha aprendido a reconocerlas, estudiarlas, ponerles nombres y, cuando ha tenido suerte, encontrar una vacuna.
La última fue el COVID.
Sobrevivimos.
O eso creíamos.
Y cuando pensábamos que por fin habíamos dejado atrás todo aquello, ya estábamos conviviendo con otra enfermedad.
Al principio parecía leve. Estaba ahí, pero todavía podíamos soportarla.
Hasta que empezó a tomar forma.
A multiplicarse.
A reproducirse.
A invadirnos.
Ahora están por todas partes.
Y lo más extraño es que nadie sabe exactamente de dónde vienen.
Yo lo descubrí manejando.
La pista había dejado de ser una pista. Se había convertido en un torrente sanguíneo, y aquellos pequeños organismos circulaban por él como virus especialmente agresivos: zumbaban, se cruzaban, cambiaban de dirección, aparecían de pronto y se infiltraban por cualquier vía.
Mantener la derecha parecía haber desaparecido de su código genético.
La pista se había convertido en su territorio de incubación.
Una vez instalados, empezaron a desarrollar sus propias reglas de circulación.
Son las mototaxis.
El virus más resistente y nocivo del sistema vial.
Circulan por todas partes. Por la derecha, por la izquierda, por el centro. Por donde pueden. Y por donde no pueden, también.
Doblan en U cuando les provoca.
Se cruzan sin avisar.
Aparecen de pronto.
Se detienen donde quieren.
Avanzan cuando nadie más puede avanzar.
Y cuando uno cree que finalmente ha entendido por dónde van a pasar, cambian de dirección.
No sabemos exactamente quiénes las conducen. Algunos parecen seres humanos. Otros dan la impresión de pertenecer a una especie todavía no clasificada por la ciencia.
No reconocen semáforos, carriles ni ninguna de esas pequeñas convenciones que creíamos necesarias para circular por una ciudad.
Cada día hay más.
Cada semana aparecen nuevas colonias.
La infección avanza.
Pero yo todavía no había entendido lo peor.
El virus estaba mutando.
Durante un tiempo pensé que el mototaxi era la forma definitiva de esta enfermedad. Pero no. Resulta que el virus estaba desarrollando nuevas variantes, cada una más adaptada al entorno.
Primero apareció la moto lineal. Una mutación más rápida, más delgada y, por lo tanto, capaz de meterse por cualquier espacio que exista entre dos autos.
A esta mutación le salió un tumor en la espalda: la mochila de delivery.
Y ahí nació una nueva variante todavía más agresiva: el repartidor. Un individuo que siempre parece estar llegando tarde a algún lugar y para quien cualquier semáforo, vereda o sentido de circulación parece ser una sugerencia.
Después apareció el scooter.
Una mutación extraña, difícil de clasificar.
Nadie sabe exactamente qué es, pero circula.
Y ahí entendí que esto ya no era una invasión.
Era una evolución.
El mototaxi había sido apenas la primera cepa.
Y lo peor es que el virus sigue mutando.
Ahora tenemos la mas temible mutación de todas.
De todas!
La Moto sicaria.
No sé qué vendrá después.
¿La moto bomba?
Y para entonces, probablemente, ya será demasiado tarde.
Lima sigue invadida.
Y todavía no tenemos un antídoto.
Lo extraño es que, hasta hoy, ningún alcalde parece haber notado la enfermedad.
Por eso quizá la verdadera misión del próximo alcalde no sea construir una obra, inaugurar una avenida o ponerle una placa a un parque.
Quizá sea encontrar la cura.
El alcalde que encuentre el antídoto no debería conformarse con una medalla.
Debería recibir el Premio Nobel de la Paz.
Por devolvernos la paz para manejar.

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