Te cuento un cuento.

Llevo más de quince años escribiendo historias.

Al principio escribía de vez en cuando. Ahora lo hago con bastante más frecuencia. Cada lunes aparece alguna historia nueva y, como suele ocurrir con las cosas que uno escribe con entusiasmo, mis cuentos han terminado teniendo una vida propia.

Viajan.

Van al grupo del golf, al del colegio, al de los amigos del fútbol, a la familia, a mis comunidades de Facebook e Instagram, a gente que conozco y a gente que no.

Mis historias transitan cada lunes por lugares insospechados.

Durante quince años les he contado mis historias a todo el mundo.

Menos a una persona.

A mi mamá.

Y eso es bastante extraño, si uno lo piensa bien.

Obviamente ella me conoce desde mucho antes de que yo supiera escribir una palabra.

Antes de mi blog.

Antes de las redes.

Antes de los lunes.

Ella me conoció cuando yo todavía no sabía contar historias. Y, sin embargo, nunca le había contado ninguna.

Hoy fui a visitarla.

Mi mamá tiene 93 años y está postrada en una cama después de un pequeño accidente, pero sigue absolutamente lúcida.

Hablábamos de algunas cosas hasta que miró mi reloj.

—Qué bonito tu reloj.

Le expliqué quién me lo había regalado.

Y entonces ocurrió una de esas pequeñas conspiraciones de la memoria.

El reloj me recordó  una historia que había escrito hacía tiempo sobre mis hijas.

Y, casi sin pensarlo, le dije:

—Mamá, ¿quieres que te cuente un cuento?

—Claro.

Y ahí empezó todo.

Le leí la historia.

Era una de esas historias en las que uno mete demasiada emoción porque habla de los hijos y, cuando uno escribe sobre los hijos, pierde cualquier posibilidad de hacerse el indiferente.

Mientras leía, la miré.

Estaba atenta.

Muy atenta.

Y poco a poco aparecieron lágrimas en sus ojos.

También en los míos.

Cuando terminé, se quedó mirándome.

—¿Eso lo escribiste tú?

—Sí.

—No sabía que escribías tan lindo. Mejor que Vargas Llosa!

Me hizo mucha gracia.

Quince años escribiendo miles de palabras.  Decenas de historias, y  mi mamá acababa de descubrirlo.

Entonces le conté que tenía un blog.

Que escribía todos los lunes.

Que tenía muchas historias.

Y que quería escribir un libro.

—¿Tú un libro?

Lo dijo con una mezcla maravillosa de sorpresa y orgullo.

Como si acabara de enterarse de que su hijo tenía una profesión secreta.

—Sí, mamá. Un libro.

—¿Y tienes más cuentos?

Ahí comenzó otra historia.

Porque  tenía muchas más.

Le conté otro cuento.

Y después otro.

Y después otro.

Y entonces ocurrió algo maravilloso.

Por primera vez en mucho tiempo no tuve que pensar de qué hablar con mi mamá.

No tuve que buscar un tema.

No tuve que preguntarle por el clima, por la comida, por cómo había dormido o por cualquier otra cosa que uno termina preguntando cuando quiere conversar con alguien y se queda sin conversación.

Yo tenía cuentos.

Y ella quería escucharlos.

Así que seguí.

Elegí los mejores.

Los más emotivos.

Los que hablaban de mis hijas.

Los que hablaban de mi vida.

Los que alguna vez habían recorrido WhatsApp, Facebook, Instagram y todos esos lugares donde hoy viven mis historias.

Solo que esta vez no hubo pantalla.

No hubo teléfono.

No hubo publicación.

No hubo “compartir”.

No hubo likes.

Esta vez hice algo bastante antiguo.

Contar un cuento.

Y mientras la veía escuchar, emocionarse, sorprenderse y reírse, entendí la paradoja.

Durante quince años había estado tratando de llegar a todo el mundo.

Había conseguido lectores.

Había conseguido amigos que esperaban mis historias.

Había conseguido personas extrañas que conocían mis cuentos.

Y, sin darme cuenta, había dejado afuera a la persona que probablemente más necesitaba escucharlos.

Mi mamá.

No porque necesitara saber que su hijo escribía.

Eso era lo de menos.

Creo que necesitaba conocer esa parte de mí que nunca había visto.

Ella siempre supo que yo era sentimental.

Siempre supo que quería profundamente a mis hijas.

Pero hoy descubrió que todas esas emociones, todos esos recuerdos, todas esas pequeñas cosas que uno guarda en algún lugar del corazón, yo también sabía convertirlas en historias.

Y me felicitó.

Pero esa felicitación tenía algo diferente.

Uno puede recibir cien mensajes diciendo:

“Qué buena historia”.

Pero cuando tu mamá, con 93 años, te mira y te dice:

—No sabía que tenías tanta sensibilidad para escribir.

Eso no se parece a ningún comentario de Facebook.

Eso se queda en otro lugar.

Entonces pensé en el tiempo.

Y el tiempo, que a veces es bastante maleducado, me hizo una pequeña broma.

Durante toda mi vida, mi mamá había sido quien me contaba cuentos.

Ahora era yo quien estaba sentado junto a su cama contándole historias.

Por unos minutos, no sé por qué, tuve la sensación de que las edades se habían alterado.

Ella escuchando.

Yo contando.

Como si la vida hubiera dado una vuelta enorme para llevarnos exactamente al mismo lugar.

Solo que esta vez yo tenía la palabra.

Cuando me fui, pensé en algo.

Durante quince años había hecho todo lo posible para que mis historias llegaran lejos.

Y hoy descubrí que no tenían que llegar lejos.

Tenían que llegar a ella.

No por internet.

No por las redes.

No por WhatsApp.

No por un lunes.

Por el corazón.

Y quizá ese era el cuento que me faltaba escribir.

El de una madre que descubre que su hijo escribe historias.

Aunque, pensándolo bien, quizá no descubrió que su hijo sabía escribir.

Quizá simplemente descubrió que aquel niño al que ella le contaba cuentos hace sesenta años, finalmente había aprendido a contárselos  a ella.


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