En mi casa nos enseñaron a enfrentar los terremotos de dos maneras.
Mi papá pensaba que los terremotos eran como los Testigos de Jehová: si uno no les abre la puerta, eventualmente se van.
Podía estar durmiendo, echado o recostado cuando empezaba a temblar todo. Y él seguía exactamente donde estaba. Ni se levantaba, ni corría, ni preguntaba qué pasaba. Nada.
Temblaba la casa.
Temblaban las ventanas.
Temblaba el mundo.
Pero mi papá, no.
De alguna manera, mi papá nos enseñó que no hay que alimentar el miedo ni dejar que te saque de tu sitio. Literalmente.
Mi mamá, en cambio, pertenecía a otra escuela sísmica.
Apenas comenzaba un temblor, se levantaba como si hubiera recibido una llamada de emergencia del planeta.
—¡Christian!
—¡Xavier!
—¡Elizabeth!
Y cuando los tres contestábamos que estábamos bien, llegaba la segunda parte del protocolo.
—¡Mi china!
Porque después de sus hijos estaba ella.
La china.
Una antigua figura de porcelana, delicada, valiosa y, por lo visto, sísmicamente vulnerable.
Pero tenía algo peculiar: una de sus manitos se podía desmontar. Se la sacabas, pedías un deseo y la dejabas sin mano hasta que se te cumpliera.
Pero volviendo al tema: cada vez que había un terremoto o un temblor, mi mamá salía corriendo con la china en sus brazos mientras nosotros, perfectamente vivos, quedábamos a merced de las placas tectónicas.
Después del temblor siempre aparecía la misma escena: la china recostada en el sillón, tapada por cojines, apuntalada por todas partes, como una sobreviviente de guerra.
Después volvía a su sitio.
Y así fue durante años.
Hoy la china vive en mi casa.
Y su manito también.
La tengo guardada, escondida.
Porque en estos días, en que hasta la Tierra parece estar más nerviosa que nosotros, mi deseo es bastante sencillo: que no haya terremotos y que la china no se caiga y se rompa.
Así que la manito la tengo escondida. Para siempre. Por si acaso.
Porque la porcelana es delicada, pero la vida también es frágil, solo que mucho más valiosa.
Y quizás eso fue lo que mi mamá me enseñó sin darse cuenta: que las cosas más valiosas de la vida no necesariamente están hechas de porcelana.
Son de carne y hueso.

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