Recuerdo un día en que Thomas F., compañero de clases, llegó al colegio con un extraordinario reloj que acababa de heredar. Era una verdadera joya y, como todo orgulloso dueño de una adquisición así, estaba decidido a que el mundo entero la admirara.
Con gran entusiasmo nos reunió a un grupo de amigos de la promoción, frente al quiosco del colegio, en pleno recreo, para mostrarnos las virtudes de su reloj.
La estrella de la demostración era una función casi milagrosa para la época: era antigolpes.
Como toda afirmación extraordinaria, necesitaba una demostración.
Thomas dejó caer el reloj desde unos centímetros.
¡Tac!
Nada.
Después desde medio metro.
¡Tac!
Perfecto.
Luego desde un metro.
¡Tac!
Seguía funcionando.
Cada uno de los que estábamos alrededor le pedíamos que lo volviera a lanzar, cada vez desde más arriba. Con cada caída aumentaba nuestra admiración… y también su orgullo. Thomas ya no parecía el dueño de un reloj; parecía el representante oficial de la marca.
Hasta que apareció el Gordo García.
Sin saberlo, ese día se ganó para siempre el título de Destructor de Mitos.
Se abrió paso entre nosotros, observó el reloj con absoluta tranquilidad y preguntó con esa cacha tan característica:
—¿Es antigolpes?
—Claro —respondió Thomas, con la seguridad de quien todavía cree que el universo está de su lado.
—A ver…
El Gordo tomó el reloj y lo lanzó tan alto que, por un instante, todos pensamos que iba a caer en otro colegio.
Levantamos la cabeza.
El reloj subió.
Subió un poco más.
Se quedó suspendido un instante allá arriba, como dudando si regresar.
Y comenzó a caer.
Cada metro que descendía aumentaba la angustia del flamante heredero.
Hasta que ocurrió.
¡CRAAACK!
El reloj impactó contra el piso del patio, al lado del quiosco, con una violencia capaz de hacer llorar a un relojero suizo.
La luna salió disparada hasta el patio de primaria.
Las manecillas emprendieron caminos y salones distintos.
La correa decidió independizarse.
Los tornillos se repartieron por toda la cancha de básket.
Y decenas de piezas, cuya existencia nadie sospechaba hasta ese momento, quedaron sembradas por todo el patio como si el reloj hubiera explotado de vergüenza.
El Gordo García observó los restos con una tranquilidad admirable, asintió levemente con la cabeza y emitió el informe técnico más breve de la historia:
—No es antigolpes.
Thomas nunca supo cómo reclamarle.
Y, mucho menos, a qué hora.

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