Todo empezó mucho antes de descubrir que algunas personas no miran el mundo como los demás.
Estaba en el colegio cuando Salvador Dalí irrumpió en mi vida. Mientras otros veían cuadros, yo veía puertas hacia otro mundo. Alucinaba con los relojes derretidos, las muletas sosteniendo cuerpos imposibles y los elefantes con patas de araña.
Hubo una época en que pinté las paredes de mi cuarto intentando acercarme a ese universo. Nunca quise pintar como Dalí. ¡Ya quisiera! Lo que quería era aprender a mirar como él. Descubrir que la realidad podía doblarse si uno se atrevía a mirarla de otra manera.
Con los años tuve la fortuna de viajar y encontrarme nuevamente con su obra. Recorrí exposiciones donde aquellos cuadros que durante décadas solo había visto en libros aparecían frente a mí. Volví a encontrarme con La persistencia de la memoria, con esos relojes que parecían burlarse del tiempo, con aquellas formas imposibles que me habían acompañado desde adolescente. Sentí que no estaba visitando una exposición. Estaba regresando al lugar donde comenzó mi manera de entender la creatividad.
Después llegó René Magritte.
Y también tuve el privilegio de caminar por Bruselas, la ciudad donde convirtió un sombrero, una manzana y una pipa en preguntas filosóficas. Comprendí que el surrealismo no consistía en pintar cosas extrañas. Consistía en obligarnos a mirar dos veces aquello que creíamos conocer.
Hasta entonces el surrealismo tenía colores.
Pero todavía no tenía palabras.
Entonces apareció Julio Cortázar.
Cuando leí Historias de cronopios y de famas sentí que alguien había logrado hacer con las palabras lo que Dalí hacía con los pinceles y Magritte con las imágenes. Desde ese día empecé a llamarlo «el surrealista de las letras».
Y fue él quien me presentó a los cronopios.
Durante mucho tiempo pensé que eran personajes de un libro.
Hoy creo otra cosa.
Creo que un día adopté uno.
Vive conmigo desde hace años. No ocupa espacio. No hace ruido. Nunca ordena mi escritorio. Hace algo mucho más importante: desordena mis certezas.
Cada vez que una idea parece imposible, mueve una palabra.
Cada vez que una respuesta llega demasiado rápido, cambia la pregunta.
Cada vez que la lógica intenta cerrar una puerta, él abre una ventana.
Con el tiempo descubrí que ese cronopio no vino solo.
También me acompañaron extraordinarios publicistas y creativos que, sin proponérselo, terminaron ampliando esa misma manera de mirar el mundo. De ellos aprendí que una gran idea casi nunca consiste en inventar algo completamente nuevo. Consiste en descubrir una relación que nadie había visto antes.
Entonces comprendí que Dalí, Magritte, Cortázar y los grandes creativos publicitarios tenían mucho más en común de lo que parecía.
Todos luchaban contra lo clásico.
Todos desconfiaban de la primera respuesta.
Todos intentaban romper la costumbre de mirar.
Dalí lo hacía con un pincel.
Magritte con una paradoja.
Cortázar con una palabra.
Los grandes publicistas con una idea capaz de transformar una marca en una emoción.
Y todos perseguían exactamente el mismo instante: ese segundo irrepetible en el que alguien dice:
«Nunca lo había visto así.»
Con los años entendí que esa búsqueda también era la mía.
Por eso una frase terminó convirtiéndose en el centro de mi trabajo:
Decir lo de siempre como nunca.
Porque la creatividad no consiste en fabricar cosas extrañas.
Consiste en mirar de una manera extraordinaria aquello que los demás ven como algo ordinario.
Cuando decidí ordenar todo ese aprendizaje entendí que no estaba creando una fórmula.
Estaba organizando una manera de pensar.
Así nació el Método MACLEAN.
No para producir ideas en serie.
Sino como una metodología para entrenar la mirada, conectar lo que parece inconexo y convertir una observación en una idea con sentido.
Con el tiempo comprendí que Dalí, Magritte y Cortázar nunca desaparecieron de mi vida.
Simplemente cambiaron de lugar.
Dejaron los museos y los libros para instalarse en mi manera de pensar.
Quizá por eso siempre he creído que los cronopios no viven solamente en los cuentos de Cortázar.
Viven en todos aquellos que se atreven a mirar el mundo de una manera diferente.
Tal vez Dalí era un cronopio.
Magritte también.
Y Cortázar, por supuesto.
O quizá los cronopios nunca fueron personas.
Fueron una forma de mirar.
Y si hoy puedo reconocerlos, es porque Julio Cortázar hace muchos años me los presentó.

Deja una respuesta