Los anticuchos de Susanita.

En San Bartolo existía un rincón al que siempre terminábamos llegando. 

La Anticuchería de Susanita.

No era un restaurante. Era de esos lugares donde las mesas parecían prestadas por el vecino, las veredas hacían de comedor y el humo de los anticuchos era el verdadero letrero del local.

Los Billing, los Pinillos, los Neira, los González y mi familia repetíamos el mismo ritual verano tras verano.

Con los años, esa mesa terminó convirtiéndose en un punto de encuentro desde donde vimos crecer a nuestros hijos, crecer nuestras familias, pintar canas y, poco a poco, desaparecer la cintura y, como parte sagrada del verano, cumplir con nuestra tradicional visita familiar a la anticuchería de Susanita.

Aquella noche éramos seis familias sentadas alrededor de una sola mesa.

Como siempre, pedimos lo de rigor: anticuchos, choclos, picarones, cerveza helada y ese ají verde que hacía creer a cualquiera que el estómago era inmortal.

Mientras esperábamos que llegaran los platos, ocurrió.

El perro de Susanita empezó a temblar.

Un segundo después, cayó.

Silencio.

El perro acababa de morirse delante de cuarenta ojos y veinte traumas infantiles en formación.

Nadie hablaba.

Los niños descubrieron ese día que la muerte no siempre avisa.

Los adultos descubrimos que tampoco.

Y entonces apareció Susanita.

Traía una bandeja llena de anticuchos humeantes.

Los fue repartiendo con absoluta normalidad.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Tu perro…

Miró al perro.

Miró los platos.

Volvió a mirar al perro.

Se fue.

Regresó con unos periódicos.

Lo tapó como se tapa a un atropellado en la carretera.

Y volvió a la parrilla.

Ni un grito.

Ni una lágrima.

Ni un “permiso”.

El ají verde seguía llegando con la misma puntualidad que la tragedia.

Nunca había visto a alguien administrar tan bien una muerte.

Nosotros, en cambio, teníamos un anticucho en una mano y un funeral en la otra.

Era imposible comer.

Cada bocado sabía a pésame.

Pasaron veinte minutos.

Nadie tocaba el plato.

Hasta que el periódico empezó a moverse.

Primero una esquina.

Después otra.

Y, como si Lázaro hubiera cambiado Betania por San Bartolo…

…el perro se levantó.

Se estiró.

Bostezó.

Nos miró con cara de “¿qué tanto escándalo hacen?”

Y siguió caminando.

Resultó que sufría unos ataques que lo dejaban inmóvil, rígido, aparentemente muerto.

Susanita nunca perdió la calma porque, evidentemente, nosotros éramos los únicos debutantes en aquella función.

Ella ya había visto esa película.

Nosotros no.

Cinco minutos después, brindábamos.

Los niños reían.

Los anticuchos recuperaron su sabor.

Y el perro volvió a patrullar el restaurante como si acabara de regresar de unas vacaciones en el más allá.

Desde ese día aprendí dos cosas.

La primera: nunca declares muerto a un perro de San Bartolo.

La segunda: si algún día me muero en un restaurante, espero que primero me tapen con El Comercio.

Y recién después… decidan si mis anticuchos eran los de la parrilla o los que todavía me quedaban por resolver.


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