Hay cervezas que nacen para quitar la sed.
Esta nació para ganar un campeonato.
En el último Villa Classic, uno de los torneos más importantes del Country Club de Villa, Alejandro Parró y yo veníamos peleando nuestro flight frente a Serenela y Felisa, una pareja de damas que jugó un golf extraordinario. De esas rivales que, lejos de regalarte un hoyo, te obligan a jugar el mejor golf de tu vida.
Alejandro es mi partner de siempre. Juntos habíamos ganado el Villa Classic anterior y esta vez salimos a defender el título. Íbamos por el bicampeonato.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que una cerveza se negaría a cumplir el destino para el que había sido creada.
Faltaban cuatro hoyos. Pasé por el quiosco, compré un sándwich y una cerveza bien helada.
Me comí el sándwich.
La cerveza quedó cerrada.
—Si pego un buen drive, la abro después.
Le pegué tan bien que hasta la pelota pareció sorprenderse.
La cerveza sobrevivió.
—Bueno… si ahora hago un buen approach.
Lo hice.
—Si hago birdie…
Hice birdie.
—Si la dejo dada en el siguiente hoyo…
La dejé dada.
Y entonces entendí que estaba entrando en un territorio peligroso.
Cada buen golpe le regalaba unos minutos más de vida a la lata.
Cuatro hoyos después ya no estaba jugando golf.
Estaba negociando con una cerveza.
Mientras mejor jugábamos, menos ganas tenía de abrirla.
Y mientras menos ganas tenía de abrirla, mejor jugábamos.
En algún momento, Serenela y Felisa también se dieron cuenta.
La lata seguía intacta.
Hoyo tras hoyo.
Como si abrirla pudiera romper algo que ninguno de los cuatro se atrevía a nombrar.
Entonces Felisa sonrió y me preguntó:
—¿La vas a abrir… o la abro yo?
Nos reímos.
Pero no del todo.
Porque, para ese momento, los cuatro ya sospechábamos lo mismo.
Aquella cerveza había dejado de ser una cerveza.
No sé exactamente en qué momento ocurrió.
Tal vez cuando nos hizo ganar el hoyo 15.
O el 16.
O cuando nos llevó a una final a la que llegamos con la misma cerveza cerrada.
La lata viajaba en silencio sobre el carrito, como esos personajes secundarios que parecen no hacer nada… hasta que uno descubre que escribieron toda la historia.
En el hoyo de muerte súbita pasó lo impensado.
Fuimos la única pareja que hizo par.
Ganamos el Villa Classic por segunda vez consecutiva.
Todos celebraban.
Yo miraba la lata.
Seguía cerrada.
Y en ese instante dejó de ser una cerveza.
Porque hay objetos que aceptan el destino para el que fueron fabricados.
Otros se rebelan.
Esta lata nació para ser bebida.
Pero eligió no serlo.
Hoy está en mi bar.
Por supuesto, sin abrir.
Hay quienes guardan copas.
Hay quienes enmarcan la tarjeta de score.
Yo conservo una cerveza.
Sigue cerrada.
Y así seguirá.
La única que conozco que se negó a ser cerveza para convertirse en campeona.
Desde entonces, cada vez que la miro, tengo la sospecha de que no la compré yo.
Creo que ella me eligió a mí.

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