El Calderón de la Bruja no nació como nacen los blogs modernos: frente a una laptop, con café orgánico y un community manager diciendo “necesitamos engagement”.
No.
Nació como nacen las leyendas antiguas: entre humo, supersticiones y gente tomando decisiones completamente absurdas.
Y también nació de algo mucho más simple: las ganas de contar historias.
Los celtas, mucho antes de que existieran los influencers espirituales de TikTok, ya hablaban del caldero como símbolo de transformación. Desde siempre, el caldero ha estado asociado a las brujas y a esas famosas pócimas que hervían en medio del humo y el misterio. Pero su verdadera simbología iba mucho más allá de la magia: el caldero representaba la transformación.
Los elementos entraban en él en un estado… y salían convertidos en otro.
Las hierbas se transformaban en pócimas, los metales en armas y las historias en leyendas.
La gran sacerdotisa de esta historia era la diosa Cerridwen, quien pasó un año y un día preparando en su caldero una pócima de sabiduría.
Un año y un día.
Hoy nadie espera ni ocho segundos a que cargue un video de Instagram.
Después vino William Shakespeare y convirtió el caldero en un símbolo oficialmente peligroso. En Macbeth, las brujas removían una poción infernal mientras Macbeth decidía si traicionaba al rey o simplemente seguía el camino normal de cualquier ambicioso con exceso de confianza.
Y por si eso fuera poco, las leyendas del Mabinogion hablaban de un caldero capaz de devolver la vida a los guerreros muertos.
Una especie de reinicio celta.
Como apagar y prender el router… pero con armaduras.
De ahí nace “Calderón de la Bruja”.
Y no solo por la magia, las historias o las pócimas narrativas que hierven aquí dentro, sino también por culpa de un antepasado español cuya familia decidió resolver un problema médico con un método que hoy haría desmayarse a cualquier pediatra.
Cuenta la historia que uno de los ancestros del dramaturgo Pedro Calderón de la Barca nació aparentemente muerto. Hoy llamarían a emergencias. En aquella época, en cambio, alguien dijo:
—¿Y si lo metemos en agua hirviendo?
Porque en esos tiempos la medicina todavía estaba a medio camino entre la ciencia… y las recetas de la abuela.
Y ocurrió el milagro.
El bebé lanzó su primer grito al tocar el agua caliente.
Por eso este blog se llama “Calderón de la Bruja”.
Porque, de alguna manera, este también es un caldero donde se escuchan mis gritos.
No los de un recién nacido dentro de una olla hirviendo, sino los de alguien que decidió transformar su vida en relatos.
Aquí hierven recuerdos, anécdotas, ironías, derrotas, viajes, campañas publicitarias, amigos, familia, golf, televisión, metidas de pata y esas pequeñas tragedias personales que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en buenas historias.
Y si alguna vez compartiste conmigo una aventura, una catástrofe, una borrachera filosófica, un viaje absurdo, una campaña imposible, una travesura escolar, un romance, un partido de golf memorable o simplemente uno de esos momentos que merecen sobrevivir al olvido… cuéntamelo en privado.
Porque con los años he descubierto que la memoria es un disco duro bastante traicionero, y antes de que algún recuerdo desaparezca para siempre, tal vez merezca terminar inmortalizado aquí, dentro del Calderón de la Bruja.

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