Cuando era chico, ya sabía cuál era mi destino.
No estaba en el espacio como astronauta, tampoco en una cancha de fútbol y definitivamente no estaba en la Marina, aunque mi mamá llevaba años intentando enrolarme emocionalmente cada vez que veía un uniforme blanco.
La publicidad era el camino.
Mientras mi hermano esperaba ansioso que terminaran los comerciales para seguir viendo la película… conmigo ocurría exactamente lo contrario.
Cambiaba de canal para ver comerciales.
Era un zapping invertido.
Una desviación creativa temprana.
Mi hermano me miraba desconcertado.
—¿Qué haces? —preguntaba.
—Shhh… mira este comercial.
Y ahí estaba la fascinación: descubrir cómo en treinta segundos podían vender amor, prestigio, aventura… o una gaseosa que aparentemente traía felicidad y solucionaba los problemas del planeta.
Pero creo que la afición por la brujería empezó mucho antes.
Con la serie Bewitched, o mejor dicho, Hechizada.
Porque mientras todo el mundo veía a la bruja mover la nariz y hacer magia… lo interesante era el trabajo del esposo.
Darrin Stephens.
El publicista.
Resultaba fascinante verlo resolver campañas, pelearse con clientes, vender ideas imposibles y convertir problemas absurdos en conceptos creativos.
Después vino el golpe final.
El comercial de ketchup Libby’s.
Porque no solamente fui modelo de ese comercial…
también descubrí el detrás de cámaras.
Cómo armaban las escenas, repetían las tomas, dirigían, iluminaban y construían algo que después aparecería mágicamente en televisión durante apenas unos segundos.
Ahí terminó de sellarse mi destino.
Entonces un día fui donde mi mamá y le dije:
—Mamá… quiero ser publicista.
La reacción fue inmediata, como si acabara de anunciar que pensaba unirme a una secta religiosa.
—¿¡Publicista!?
¿Cómo vas a estudiar eso?
¡Esa carrera es para drogadictos!
El golpe no vino por el comentario…
sino por la velocidad del diagnóstico.
Pero apareció una esperanza:
“Bueno… de repente mi papá sí entiende.”
Error.
Fui donde él buscando apoyo paternal, comprensión, alguna frase inspiradora.
—Papá, quiero ser publicista.
Mamá dice que esa carrera es para drogadictos.
Y después de pensar unos segundos, respondió:
—No hijo…
no es para drogadictos.
Respiré aliviado.
Hasta que remató:
—Es para rosquetes.
Mi padre pertenecía a esa generación en la cual cualquier profesión sin uniforme, pelota o fusil generaba sospechas.
Y así, en menos de 24 horas, mis padres lograron convertir mi orientación vocacional en un expediente psiquiátrico.
Uno imaginaba que terminaría manejando un convertible rojo con bufanda al viento por alguna avenida de Miami.
La otra probablemente me veía viviendo en Woodstock rodeado de artistas experimentales.
Pero jamás en una agencia de publicidad.
Y mucho menos dirigiendo la mía: MacLean Publicidad.
Tampoco imaginaron que terminaría enseñando justamente esa carrera que antes parecía incomprensible, sospechosa y llena de estereotipos.
Y al final entendí algo maravilloso:
La publicidad siempre se trató de cambiar percepciones
de hacer que la gente crea cosas que no existen.
Incluyendo los estereotipos.
Aunque, siendo sinceros, la campaña más difícil de mi carrera no fue para un cliente.
Fue venderle la idea de un publicista a mis propios padres.

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