El bate de beísbol.

Hace muchos años que la inseguridad en Lima dejó de ser noticia para convertirse en rutina.

Y fue en ese contexto -cuando mi hija mayor Mia tenía apenas 7 años- que muchos de nosotros empezamos a buscar todo tipo de mecanismos para protegernos.

Algunos, los más avezados, se armaban para enfrentar a los delincuentes, mientras que otros decidían entregar todo sin poner resistencia.

Yo soy una persona pacífica, pero en ese momento no estaba dispuesto a que me robaran ni a entregar lo que me costó con mucho esfuerzo a un maldito que juega a ser Robin Hood, por lo que decidí comprar un bate de béisbol, como lo hacen cientos de americanos, como una forma de contrarrestar los efectos de la delincuencia.

Como dato, recuerdo que Infobae.com consultó con algunas tiendas que vendían estos instrumentos deportivos para constatar la aparición de este fenómeno.

Cuando se les preguntaba a los clientes dónde practicaban béisbol, muchos respondían que en realidad compraban los bates para protegerse contra la inseguridad.

Volviendo a mi historia, en un viaje que hice a Hawaii por esos años, decidí comprarme uno de estos bates para sentirme un poco más seguro mientras manejaba en esta Lima de nadie, ocultándolo bajo mi asiento… por si acaso.

Un día, mientras llevaba en mi auto a mi hijita al centro comercial para hacer unas compras, ella se percató del bate y me preguntó, intrigada:

—¿Un bate de béisbol?

—¿Tú juegas béisbol, papá?

Aprovechando que la pregunta era si jugaba béisbol y no para qué tenía un bate en el carro, le conté que yo también practicaba ese deporte de niño, recordando esos días de colegio en los que nuestro profesor de educación física nos enseñaba un deporte nada típico en el Perú.

Mientras le contaba mis experiencias jugando béisbol, su intriga se disipaba… junto con mi cargo de conciencia.

Porque, aunque fuera contra delincuentes, portar un bate con una intención violenta no es algo que un padre deba enseñar a su hija. Pero, al mismo tiempo, me hacía sentir más seguro ante una amenaza que, en esos años, parecía cada vez más cercana.

Mientras hacía unos trámites en el centro comercial, mi hija me pidió desesperadamente una moneda.

—Papi, papi, es urgente, necesito una moneda de un sol.

Era para una de esas máquinas dispensadoras de caramelos redondos.

Luego de darle la moneda, me llevó de la mano con una emoción inusual que no entendí hasta que vi que la máquina no tenía caramelos, sino pelotas: de fútbol, de básquet… y de béisbol.

—Concéntrate, papá, sacaré la pelotita de béisbol para ti.

Mientras una sensación difícil de explicar recorría mi cuerpo, el destino, la suerte y la inocencia de mi hija confabularon para que la pelotita —sí, la pelotita de béisbol— cayera en sus manos y luego en las mías.

Nuestra emoción —especialmente la mía— fue enorme mientras regresábamos al auto, no solo con la pelotita, sino con una de las lecciones más dulces que he recibido en mi vida.

Desde ese día, el bate dejó de ser lo importante.

Hoy, mi hija tiene 25 años.

Y aunque en algún momento pensé en comprar una bola de béisbol de verdad y un guante… nunca lo hice.

Supongo que ya no hacía falta.

Porque ese día entendí que ese bate que llevaba en mi carro por miedo ya tenía, desde entonces, su verdadera razón de ser:

Un arma de juego.


Publicado

en

por

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.