La política se parece más a un chifa de barrio de lo que nos gustaría admitir.
Abre cuando no debería, nadie entiende bien quién manda en la cocina, sabemos que es sucio, hay demasiada bulla… y aun así los platos salen.
El cocinero —que en realidad no es cocinero, sino el presidente haciendo de chef en una cocina que heredó — no es mi chef favorito.
No es el que recomendaría con entusiasmo, pero hasta hace poco el arroz estaba en su punto.
Nada extraordinario.
Nada quemado.
Y de pronto… la cereza del pastel, o mejor dicho, la naranjita china:
el video.
El chef entra encapuchado al chifa.
Raro.
Nadie se tapa la cara para comer wantán.
¿Es sospechoso?
Sí.
¿Da para levantar el mayor escándalo culinario de la historia?
Honestamente, no parece.
Pero basta que el chifa huela un poquito raro para que algo empiece a moverse por los bordes, evitando la luz.
Porque todos sabemos —o creemos saber— que en los chifas siempre hay algo detrás de la cocina.
Una rata que corre, una puerta que no se abre, una olla que mejor no mirar.
Lo aceptamos y comemos igual.
En política pasa lo mismo.
No nos escandaliza la suciedad.
Nos escandaliza que alguien la deje ver.
Y en política, como en la cocina, cuando alguien grita “esto huele mal”, no es para limpiar.
Es para botar al chef y quedarse con la cocina.
Y así, por un chifa, por una capucha
o por un caramelo, el menú cambia.
No porque el plato fuera incomible, sino porque hay demasiados comensales esperando que retiren al cocinero para tomar la cocina.
Comensales que se relamen.
No solo por lo que está servido,
sino por quién será el próximo a ponerse el gorro de chef para controlar el fuego.

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