Dicen que en los safaris uno se enfrenta a sus miedos.
Mentira.
En los safaris, tus miedos se sientan a tu costado en el jeep, te abrazan por detrás y te susurran al oído:
“aquí no estás tan tranquilo como en tu casa en Villa.”
El león estaba a tres metros.
Tres metros es la distancia exacta entre la valentía y la estupidez, pero no recuerdo en cuál lado del jeep estaba yo.
El animal nos miró con esa displicencia aristocrática que solo tienen los reyes… y los gatos gordos.
Ni rugió, ni mostró los dientes, ni hizo ese gesto que en YouTube siempre termina en ataque feroz.
Nada.
Apenas un pestañeo lento, como si estuviera revisando su correo mental:
—Presa humana… no.
—Amenaza… tampoco.
—Vehículo metálico lleno de turistas temblorosos… mmm… spam.
Porque, claro, para él nosotros no existíamos.
Él veía un solo bloque: un cubo rodante de metal con una masa gelatinosa de gente dentro.
Una especie de lasaña móvil.
Y los leones, por lo visto, no comen lasaña.
Felizmente.
El león ignoraba mi miedo, pero mi miedo no me ignoraba a mí.
Al final, el rey de la selva suspiró, nos dio la espalda y se fue.
Yo también suspiré, pero de alivio.
Mis amigos dijeron que fue “un momento mágico”.
Sí, mágico.
Desapareció mi alma por un instante.
Y volvió recién cuando arrancó el jeep.
Porque al final entendí algo simple:
la muerte no siempre te acecha…
a veces solo pasa por tu lado, te revisa y dice:
“Hoy no. Mucho trámite.”
Y justo cuando ya respiraba tranquilo, el guía del safari remató:
—Relájense, chicos. Ese león ya comió.
—¿Ah, sí? —pregunté, todavía desencarnado.
—Claro. Si no, ahorita no estaríamos tan cerca… ni de camino de regreso.
En resumen:
si el depredador está satisfecho, tú dejas de ser su snack opcional.
Eres como ese piqueo que queda en la mesa después del almuerzo: visible, sí…
pero cero tentador.
O peor (o mejor) aún como una chela caliente: solo me vio, y me dejó ahí.

Deja una respuesta