Donde los pares y birdies valen oro… y cada apuesta, efectivo.
Hay torneos… y hay torneos. Y luego está el Villa Classic, la joya de la corona del Country Club de Villa. Esa cita anual donde las amistades se prueban a punta de drivers, approachs y pactos casi fraternales. Porque sí: aquí se juega en pareja. Y no con cualquiera, ojo, sino con alguien que entienda tu juego, aguante tus gestos, y tenga un hándicap compatible (y un nivel de paciencia aún mayor).
La receta del caos ordenado
El torneo se divide en flights —cinco, como los dedos de un guante—, cada uno con seis parejas. Doce jugadores por grupo. Y cada flight lleva nombre de leyenda: Tiger Woods, Arnold Palmer, Jack Nicklaus, Gary Player y Bobby Jones.
Se juega a nueve hoyos, en formato foursomes con score combinado: se elige el mejor resultado de la pareja en cada hoyo. Si empatan, medio punto. Si ganan, un punto. Si ganan el match, un punto más.
Se jugaron cinco partidos en total: tres el viernes y dos el sábado. De cada flight sale una pareja ganadora, esa que sumó más puntos y menos excusas.
Apuestas, gloria y tiros cruzados
Pero lo mejor no se juega en la cancha. Se juega en el hoyo 19, en las apuestas más organizadas que un Excel japonés. Todos apuestan. Algunos por lealtad. Otros por superstición. Y unos cuantos —los pitonisos— apostaron por nosotros: Alejandro Parro y el que escribe este post.
¡Qué dupla! Cuando yo jugaba bien, él descansaba. Cuando él jugaba como pro, yo lo miraba desde el rough con respeto. Y cuando jugamos los dos bien… bueno, ahí no nos alcanzaban ni en carrito.
La gran final: tiros alternados.
El sábado, al final del día, se jugó la gran final entre campeones de flight. Tiros alternados. Nada de escoger el mejor: aquí se salía a bailar con lo que había. Salimos doce jugadores al mismo hoyo. Yo abrí con un drive sólido al centro del fairway. Alejandro puso la bola a 20 yardas del green. Luego me acerqué con un approach quirúrgico y dejé la bola a una yarda. Finalmente Alejandro la embocó.
Par. Listo. Ganamos.
Todos los demás hicieron bogey. Nosotros fuimos los únicos que resistimos la presión, el frío, el público bien sazonado con chilcanos… y el peso de las apuestas.
¿El secreto?
Jugar en dupla no es duplicar el talento. Es sincronizar las fallas, alternar la inspiración y reírse con el putt fallado del otro sin que eso acabe en divorcio deportivo.
Ese día no solo ganamos el torneo. Ganamos el cariño del club, el respeto de los caddies y —gracias a las apuestas— algo más que un aplauso simbólico.
Gracias al Country Club de Villa, a los organizadores y a todos los que hacen posible este torneo tan especial y complejo —por el sistema de puntuación, los flights y todo el trabajo que hay detrás—, y también a quienes mantienen la cancha en ese nivel impecable.
Y por supuesto, gracias a mi compañero Alejandro Parro: un gran jugador, sí, pero sobre todo una gran persona. Siempre con buena actitud, amable, sin un solo problema, y con quien formar equipo fue, desde el primer hoyo, un verdadero honor y placer. Callado, tranquilo, sin aspavientos… de esos que hablan poco, pero juegan mucho.
Salimos campeones, y fue increíble.
Pero ver a “Alito” sonriendo con todos los dientes fue el mejor resumen de lo bien que la pasamos.
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